Frangleidys Ramírez tiene 30 años, y reside de forma itinerante entre dos ciudades del estado Bolívar, en el sur de Venezuela: San Félix y El Callao; en la primera está su familia, en la segunda su lugar de trabajo, las minas de oro.
Es una minera de contextura fina, que se mueve con tal agilidad entre el lodo y las piedras que sus siete meses de gravidez pueden pasar desapercibidos.
“Para mí es normal trabajar en una mina estando embarazada. Trabajé con los últimos tres embarazos, desde hace 4 años”, comenta, mientras clava con fuerza un cincel en el suelo con el objetivo de abrir un hoyo.
Sueño dorado
Con la esperanza de mejorar su situación económica y mantener a su familia, Ramírez deja a cinco de sus seis hijos en San Félix bajo supervisión de su madre, y viaja junto a su esposo y su pequeña hija de un año a El Perú, el poblado minero al que llegó con cinco meses de embarazo y del que planea irse los primeros días de octubre.

"Yo soy una mujer trabajadora, y si vengo también trabajo, ganamos más dinero, con este bebé que viene en camino ya serán siete, y son siete bocas que alimentar. A la niña pequeña me la traigo porque no podemos dejarla sola”, explica.
La coordinadora del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela, Eumelis Moya, explicó a democraciaAbierta que cerca de 6.000 niños en el estado Bolívar se ven afectados por la migración de sus padres hacia las minas.
“Hay niños que se quedan, en los municipios no mineros del estado Bolívar, al cuidado de terceros o solos. Hemos contabilizado (en la actualización 2023 de la investigación sobre los niños, niñas y adolescentes del estado Bolívar) que al menos 600 niños se quedan solos en el estado Bolívar, esa una muestra aleatoria, no intencional, y hemos contabilizado que 1800 se quedan al cuidado de un tercero, y más de 3000 se quedan al cuidado de solo uno de sus papás (progenitores)”, expuso.

Cerca de las 8:00 de la mañana ella prepara el desayuno, alista a su hija para dejarla al cuidado de un familiar, y una hora más tarde comienza la faena.
Algunas veces trabaja en compañía de su hermana, otros días con su esposo, aunque éste usualmente va a una mina industrial a más de 80 metros de profundidad por jornadas de hasta 24 horas, desprovisto de cualquier equipo de seguridad, y solo con una linterna en la frente, un cincel y una mandarria.
Trabajo duro
Buscar oro en las entrañas de la tierra suele tener un ritmo constante. Ramírez trabaja sin descanso por unas 10 horas. En ese lapso los roles se van turnando entre el equipo.

Con las manos y los pies llenos de lodo, ella se sujeta con fuerza para bajar al orificio que abrieron en la tierra. Una vez dentro comienza a sacar piedras y tierra con un envase cilíndrico de aluminio, y se lo pasa a su compañera que lo echa en un saco blanco.
La mina de aluvión en la que trabaja es artesanal, está rodeada por casas y comercios.
Una semana atrás en ese terreno había un molino, igual a los que hay casi en cada esquina de esa localidad, y en los cuales se trituran las rocas para sacar el mineral dorado. El dueño decidió demolerlo y vender la arena sobre la que estaba construido, tras hacerle un estudio y descubrir que el porcentaje de oro del terreno era alto.
Las poblaciones locales, incluidos los pueblos indígenas, están atrapadas en una violenta batalla entre actores estatales y grupos armados criminales por el control del oro
Al igual que ella, otros 50 vecinos del poblado minero El Perú, entre los cuales también se encuentran al menos 13 niños, se apresuran a cavar huecos en el suelo, tras la salida del lugar de los camiones cargados con rocas y tierra amarillenta.
Para este trabajo los mineros se organizan en grupos, algunos entre familia. El trato es dividir lo conseguido entre los socios, como ellos se definen.

Al dueño del terreno deben darle el 20 por ciento de lo extraído, y otro porcentaje similar a quienes vigilan el sector para asegurarse que nadie saque oro sin declarar, los cuales suelen pertenecer a grupos armados que controlan la zona, un tema del que, por temor, los mineros prefieren no hablar.
Aunque no se dispone de cifras oficiales sobre la violencia en los municipios mineros del estado Bolívar, la Misión internacional independiente de determinación de los hechos de la ONU destacó en su informe 2022 que "la situación en el estado de Bolívar y en otras zonas mineras es profundamente preocupante. Las poblaciones locales, incluidos los pueblos indígenas, están atrapadas en una violenta batalla entre actores estatales y grupos armados criminales por el control del oro”.
Veneno plateado
Cada tres horas aproximadamente, Ramírez camina con los sacos blancos hasta un pozo de lodo y agua, en el que con ayuda de una batea comienza a lavar la arena en busca de oro. Ella, usualmente trabaja con mercurio líquido, un metal pesado prohibido en Venezuela, pero que todos utilizan en la minería.

“He trabajado con azogue (mercurio). Sí me han dicho que puede ser riesgoso, pero no me ha pasado nada”, asegura, aunque luego de la entrevista afirmó que esta vez no usaría mercurio y que lavaría la arena solo con agua.
Sin embargo, en el lugar en el que utilizan las bateas o envases cónicos de madera, casi todos están barnizados con mercurio, con el objetivo de que el oro se adhiera a este metal, quede al fondo del recipiente y sea fácil de detectar entre la arena amarillenta.
“Se necesita fuerza para trabajar en una mina. El trabajo en la mina es duro, porque sabes lo que es abrir un barranco, picar, cargar sacos (…) me vine para acá, porque en la ciudad la cosa no está fácil”, agregó.
En el informe 2020 de la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU destacó que, debido a la crisis económica y la falta de oportunidades laborales en Venezuela, la migración interna hacia la región minera ha aumentado dramáticamente.

“Los mineros trabajan turnos de 12 horas, descendiendo en pozos profundos sin ninguna protección. Se les exige que paguen alrededor del 10-20 por ciento de lo que obtienen a los grupos criminales que controlan las minas, y un 15-30 por ciento adicional al propietario del molino donde se trituran las rocas para extraer oro y otros minerales”, indica el documento.
En un recorrido por El Perú durante una semana, democraciaAbierta corroboró que esta migración interna se mantiene. La mayoría de los mineros entrevistados provenían de otros estados del país, casi todos con la misma esperanza que Ramírez: yo espero que me caiga una “bendición (en referencia a una buena cantidad de oro) para no tener que venir más, porque aquí siempre hay riesgos”.

