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COP-16 en Cali, Colombia, la ciudad del Antropoceno

La próxima Cumbre de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad se celebrará en una ciudad que reúne todos los retos de un mundo en llamas.

COP-16 en Cali, Colombia, la ciudad del Antropoceno
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A medida que el avión se acerca al aeropuerto Afonso Bonilla Aragón, el desierto verde de las plantaciones de caña de azúcar se hace visible. Donde había un río, se ve el caño seco o alguna laguna de agua podrida. Unos pocos árboles resisten en medio del verde opresivo del monocultivo, pero no lo suficiente como para albergar fauna autóctona.

Vista desde arriba, encajonada entre la ciudad y los ingenios azucareros, la torre del aeropuerto parece un monumento al capitalismo depredador que no encuentra límites en la economía agroindustrial del sureste colombiano, basada en el cultivo del azúcar. El avión aterriza y uno es recibido por un sol infernal y un calor insoportable (el bochorno). A la salida del aeropuerto, un amable taxista advierte al visitante de que la lluvia de cenizas que cae del cielo procede de los campos azucareros en llamas. Es época de cosecha. Estás en Cali, la autodenominada capital del interior del Pacífico colombiano, la capital de la salsa, la sucursal del cielo.

La ciudad de 2,4 millones de habitantes y tercera urbe más grande de Colombia se prepara para recibir a miles de visitantes de todo el mundo que participarán en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad COP-16 (del 20 de octubre al 1 de noviembre de 2024).

Además de su vibrante paisaje cultural y la escena nocturna que la han hecho internacionalmente conocida, la elección de Cali como ciudad anfitriona de la COP-16 hace justicia a sus complejidades como ciudad rodeada por un ecosistema bendecido de planicies húmedas, montañas andinas y siete ríos.

También es un centro agrícola estratégico para las exportaciones colombianas y el principal destino de miles de poblaciones desplazadas internas (predominantemente negras e indígenas) que huyen de un conflicto armado multifacético de más de sesenta años.

Los afrodesplazamientos pueden sin duda atribuirse principalmente a la guerra contra las drogas respaldada por Estados Unidos, que algunos han denunciado como un ecoetnogenocidio por su catástrofe humanitaria: la dispersión aérea de glifosato acaba con los bosques, envenena los ríos y vuelve estériles las tierras agrícolas.

Este contexto intrincado de ser una "tierra prometida" para los desheredados de la tierra, un bastión para la inserción de Colombia en la economía global a través de las políticas de desplazamiento y muerte ilustra los retos y posibilidades de pensar las reparaciones históricas, la justicia climática y el derecho a la ciudad, de una manera interseccional y consecuente.

La ciudad antropocena

De hecho, Cali reúne todos los retos de un mundo en llamas. Al menos el 30% de sus habitantes vive en la pobreza o la extrema pobreza, el 9% está desempleado y el 49% trabaja en la informalidad, siendo las mujeres y las poblaciones afrodescendientes las que soportan el peso de la violencia económica.

Las mas pobres entre los más pobres viven en la zona oriental, predominantemente negra, donde también se registran los mayores niveles de desempleo y homicidios. Aunque la tasa de homicidios de la ciudad ha descendido constantemente, sigue siendo una de las más altas del país (52,9 por 100.000 frente a la media nacional de 26,0 por 100.000), el homicidio se concentra de forma desigual entre los jóvenes negros.

Su posición precaria en la economía de la ciudad, por ejemplo estar cronicamente desempleados o ser asesinados en los campos azucareros que rodean los barrios del oriente de la ciudad (los cañaverales), está directamente relacionada con la violencia colonial estructural que sufrieron sus generaciones anteriores como personas esclavizadas, trabajadores de las haciendas azucareras, víctimas del conflicto armado o habitantes de las ciudades que viven en zonas abandonadas por el Estado, vulnerables a las inundaciones y a las olas de calor.

Esto también significa que los debates sobre el papel de la ciudad a la hora de mitigar el cambio climático deben situarse seriamente dentro de una cuestión básica sobre la propiedad (¿la ciudad de quién?) y la temporalidad (¿el Antropoceno de quién?) del urbano. El antropoceno se concibe como una condición geológica en la que todos los habitantes del mundo compartimos por igual la responsabilidad del impacto irreparable sobre el sistema-tierra (el planeta y todos sus ecosistemas).

En esta era geológica, las ciudades se consideran, con razón, la manifestación más concreta de la supremacía humana sobre todos los demás seres terrestres y sus habitats. Sin duda, las cenizas que reciben a los visitantes en el aeropuerto alertan de las conexiones globales de una "crisis" climática que tiene en las ciudades su faceta más perversa.

De hecho, la ONU advierte de que las ciudades son la principal causa del cambio climático (responsables del 70% de las emisiones de CO2) y la principal fuente de emergencias ecológicas. El aumento del CO2 en la atmósfera hará que tormentas, corrimientos de tierra, inundaciones, sequías y desastres tropicales sean más frecuentes en el contexto urbano de todo el mundo.

Esta es, en efecto, una realidad que soportan diariamente toda la población caleña aunque desigualmente distribuida por el racismo. El antropoceno de Cali es un escenario de sometimiento racial en el que el caleño 'Humano' ocupa la parte sur y nororiental de la ciudad donde la calidad del aire, la concentración de zonas verdes, la movilidad espacial y la seguridad urbana están dialécticamente garantizadas en oposición a un subhumano negro e indígena que ocupa las zonas de abandono y que tiene en la mujer negra del llamado distrito de Aguablanca como su referencial extremo de desigualdad y opresión espacial.

Es esta estructuración racial de la ciudad vulnerable la que debe estar en el centro de las conversaciones sobre sostenibilidad y justicia climática si la COP-16 aspira a convertirse en algo más que otro extraño acrónimo en una larga lista de nombres rimbombantes y promesas vacías.

Vigilada por once mil soldados del ejército colombiano y cuatro mil policías, y sometida a una intensa campaña para desalojar de sus calles a la población sin hogar, Cali está preparada para un debate "aséptico" y "seguro" sobre el futuro del planeta, un debate que, cabe esperar, no sea un mero refrito de las anteriores lamentaciones blancas a pesar de las incisivas protestas negras. Lamentablemente, puede que el debate "seguro" y "aséptico" no nos lleve demasiado lejos.

La COP-16 tiene la ambición de volver a examinar y revisar los objetivos fijados durante la COP-15 de Kunming-Montreal en 2022. En esa ocasión, los representantes de los gobiernos y de la sociedad civil establecieron un marco global para la biodiversidad (GBF, por sus siglas en inglés) de veintitrés puntos que ambicionaba, entre otras cosas, aumentar la conservación y restauración de los ecosistemas acuáticos, costeros y oceánicos en al menos un 30%, aumentar las áreas protegidas del mundo, reducir la deforestación a casi cero, reducir los pesticidas en la agricultura y crear un fondo internacional de 200.000 millones de dólares para promover la diversidad, entre otras cosas.

¿Pueden las geografías de la vida y la muerte de Cali ser un mapa político para leer el planeta?

Aunque el año objetivo del GBF era 2030, hay suficientes razones para creer que éste será otro plan más que será derrotado nuevamente por las inacciones de los gobiernos y la codicia del capitalismo global.

Ciudad de la Esperanza

La condición ambiental de las comunidades negras y indígenas en los márgenes urbanos de Cali (de nuevo expuestas de forma desigual a las vulnerabilidades producidas globalmente por los “ismos” inaugurados con la dominación colonial hace cinco siglos) representa una oportunidad para un llamado brutal a la realidad, al menos para las personas asistentes de la COP-16.

¿Pueden las geografías de la vida y la muerte de Cali ser un mapa político para leer el planeta? Aunque las temperaturas récord (llegaron a los 38 grados registrados en su área metropolitana en agosto de 2024) recordarán a los visitantes una condición planetaria ineludible, es posible que se sientan cómodos en los barrios de la parte alta de la ciudad, donde la concentración de parques y árboles hace que la temperatura sea más soportable que en la olvidada zona oriental de Aguablanca, donde la falta de zonas verdes y la mayor densidad de población la convierten en la parte más calurosa de la ciudad.

No serán vulnerables a los deslizamientos de tierra como los que sufre la población de las laderas del barrio de Siloé, predominantemente de ascendencia indígena, en los cerros andinos. Por último, si tienen la suerte de asistir a los aguaceros de una temporada de lluvias cada vez más impredecible, las inundaciones de los barrios pobres en el jarillón del agonizante Río Cauca pasarán probablemente desapercibidas.

Sin embargo, si Cali puede considerarse una ciudad antropogénica en su condición distópica de urbanidad rodeada de desierto verde, ríos moribundos y violencia racial aguda, también es una ciudad de esperanza.

Desde la historia de lucha anticolonial de sus pueblos indígenas, pasando por los barrios construídos por las manos de afrodesplazadas del terror racial, hasta sus recientes oleadas de protesta contra las lógicas perversas del capitalismo urbano (personificadas en el paro nacional de sesenta días del 2021 que derogó una reforma fiscal y exigió justicia social y racial), hasta convertirse en el epicentro de un movimiento colectivo que llevó al poder a Francia Márquez, la primera mujer negra como vicepresidenta del país, Cali alberga como ninguna otra ciudad, el espíritu de una nueva era, en la que 'nadie es libre hasta que todas las personas sean libres' como lo expresaron las voces juveniles en el estallido social.

Siendo poseídas, mercantilizadas y desplazadas (de la humanidad y de la ciudad), las comunidades negras están bien posicionadas para señalar el camino de salida del tempo del antropoceno y ofrecer respuestas a sus desafíos urgentes. La lección más basica es que a justicia climática no puede disociarse de la reparación racial local y global.
La humanidad necesita pagar una deuda histórica con la parte negra/indígena del planeta a quienes no se puede transferir la cuenta del 'desastre' ecológico

Así, a los visitantes les convendría abandonar sus centros de convenciones climatizados y aprender en los barrios marginados el arte de habitar y reinventar la ciudad antropogénica, sea cual sea su significado. Rechazando el tiempo geológico de los hombres blancos, la condición permanente de sufrimiento medioambiental de las comunidades negras e indígenas y su permanente estado de rebelión nos enseñan que la ciudad que surgió en los pies de los cerros de las cordilleras andinas, del genocidio de los pueblos Jamundí y Lillí y cuna de constantes rebeliones negras contra la aristocracia azucarera que sigue controlando la mayor parte de la tierra, y ahora epicentro de protestas por la vida, tiene mucho que enseñar al mundo sobre una etica negra radical para un destino compartido.

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