Si imaginamos cómo actúa la diplomacia climática, podríamos visualizar a negociadores y científicos incansables, encorvados alrededor de una mesa, trabajando hasta altas horas de la noche en acuerdos difíciles que persiguen en busca de una meta existencial.
La diplomacia climática, nos dicen, es donde la gente se reúne para resolver la crisis climática. Pero esa visión está cada vez más alejada de la realidad. Resulta preocupante que las empresas de combustibles fósiles y otros intereses poderosos tengan una influencia creciente en las conversaciones mundiales sobre el clima.
El año pasado, más de 1.700 lobistas de la industria de los combustibles fósiles tuvieron acceso a la COP29, la 29 conferencia anual de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) celebrada en Azerbaiyán. Esto es más que las delegaciones sumadas de los 10 países más vulnerables al cambio climático. El año anterior, la empresa petrolera estatal del país anfitrión, los Emiratos Árabes Unidos, utilizó supuestamente la COP28 para conseguir contratos.
Estos no son incidentes aislados. Revelan un problema más profundo en el corazón del proceso: las negociaciones destinadas a servir al bien público están siendo moldeadas por intereses privados.
Tenemos todo para perder, pero todavía no existen controles adecuados sobre quién obtiene el privilegio de acceso o la influencia que ejercen a puertas cerradas.
Esta falta de responsabilidad expone una vulnerabilidad más amplia del sistema, como lo puso de manifiesto Donald Trump al retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París en 2020 y nuevamente a principios de este año, lo que sirve como un claro recordatorio de cuán frágil es realmente el consenso climático global.
Hoy en día, las instituciones multilaterales están bajo una presión renovada, no solo por la fragmentación geopolítica y las restricciones financieras, sino también por la disminución de la confianza pública en la integridad del proceso.
Si queremos que la gente crea en la cooperación internacional, que confíe en que el multilateralismo aún puede ofrecer soluciones a la crisis climática, entonces debemos enfrentarnos a esto directamente. De no hacerlo, se pondrá en riesgo la credibilidad de todo el proceso.
La integridad debe estar en el centro de las negociaciones climáticas, no como una idea de último momento, sino como la base de una transición justa. Por eso, a pocos meses de la COP30, es urgente abordar la falta de credibilidad en el centro de la diplomacia climática.
En este contexto, más de 250 organizaciones de la sociedad civil y expertos de todo el mundo han firmado una carta abierta en la que piden medidas urgentes para proteger las negociaciones climáticas de influencias indebidas.
Hacemos un llamamiento a Brasil, que acogerá la COP30 a finales de este año, para que se comprometa a dar los tres pasos siguientes: prohibir a los grupos de presión de los contaminantes combustibles fósiles formar parte de las delegaciones estatales; exigir a todos los participantes de la COP que declaren públicamente sus afiliaciones a través de un registro central y accesible; respaldar reformas para garantizar que solo los países que realicen verdaderos progresos en los objetivos climáticos puedan ser anfitriones de futuras cumbres.
Nuestra carta también insta a Brasil a avanzar en su propuesta de “balance ético global”, que reuniría a un grupo geográficamente diverso de pensadores, científicos, políticos, líderes religiosos, artistas, filósofos y pueblos y comunidades indígenas, para debatir los compromisos y prácticas éticas para hacer frente a la crisis climática. Esto debería comenzar con una auditoría independiente de la influencia indebida ejercida por los intereses de la industria de combustibles fósiles en las anteriores COP, en colaboración con la sociedad civil y las comunidades más expuestas a los impactos del cambio climático.
Las advertencias científicas sobre los puntos de inflexión climático y ecológico nunca fueron más claras. Pero la diplomacia que necesitamos para darles respuesta aproxima a su propio punto de quiebre. Un proceso diseñado para responsabilizar a los gobiernos no puede seguir concediendo acceso privilegiado a las mismas industrias que están impulsando la crisis.
Brasil tiene la oportunidad de establecer un nuevo estándar, uno que demuestre que el liderazgo climático no solo significa obtener resultados, sino proteger la integridad de las instituciones destinadas a lograrlos. La presidencia brasileña puede enviar un mensaje poderoso al asumir voluntariamente el liderazgo en esto, y la CMNUCC debería brindarle apoyo pleno.
La COP30 es el momento para un reseteo de la diplomacia climática. Lo que venga después, en Brasil y más allá, depende de eso.