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El viejo malestar del Nuevo Mundo

Comprender la realidad actual de América Latina requiere ser conscientes de dónde proceden tanto sus similitudes de fondo como sus singularidades.

El viejo malestar del Nuevo Mundo
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Podríamos dolernos con razón de nuestros fracasos. Podemos hacer el inventario de los bemoles políticos y económicos de América Latina. Pero también podríamos intentar mirar la historia desde la atalaya de las emociones, porque somos razón y sueños. Y a veces más sueño que razón.

Mauricio García Villegas, colombiano, doctor en Ciencia Política por la Universidad Católica de Lovaina y doctor honoris causa por la Escuela Normal Superior de París-Saclay es autor de dos libros fundamentales: El país de las emociones tristes y, El viejo malestar del Nuevo Mundo (ambos de la editorial Ariel)

Las emociones tristes entorpecen la vida democrática y avinagran el alma.

La sentencia de Aristóteles “Conocerse a sí mismo es el principio de toda sabiduría” es para los individuos como para los pueblos.

Este es la primera de dos entrevistas dedicadas a “El viejo malestar del Nuevo Mundo”.

José Zepeda: Las diferencias históricas, las singularidades nacionales han impedido muchas veces ver las similitudes de fondo, las culturales y las religiosas. Usted incluye una hermosa hipótesis, “América Latina está segmentada en países amurallados en los que vive el mismo pueblo”. La historia que se aprende en América Latina se basa en las singularidades, en los particularismos. Y hoy hacen furor los peores nacionalismos, aquellos que separan el nosotros de los otros. Ya sé que es deseable, pero ¿es posible que la hermandad Americana vaya más allá de un himno?

Mauricio García Villegas: No sé si es posible, quisiera que lo fuera. Creo que, en todo caso, es deseable. Así fue en épocas anteriores, en las que hubo conciencia de que éramos un mismo pueblo. En la época colonial, por ejemplo, eso era más o menos evidente por razones políticas. Incluso durante las repúblicas, a finales del siglo XIX, hubo conciencia americana de que teníamos un alma común muy ligada a España, a la lengua, a la religión, al pasado colonial. Es lo que se ha ido perdiendo.

Hemos tenido un doble proceso. Por un lado, una uniformización por causa del consumo del mercado internacional. Uniformización por los fenómenos internacionales que nos afectan, no solamente políticos, también los naturales, como el calentamiento global. Por otro lado, un aislamiento parroquial y nacionalista malsano. Las dos cosas deberían ir de la mano, así como el consumo y los fenómenos naturales nos unen, eso debería ir paralelo con una unidad política y económica. La parroquialidad nos impide resolver problemas comunes y salir adelante. América Latina nunca negocia juntamente con las grandes potencias. Cada uno de los países, incluso los más pequeños, negocian por aparte y eso es nocivo para el avance del continente.

JZ: ¿Por qué el miedo es una emoción decisiva en América Latina?

MGV: El libro tiene tres capítulos centrales sobre las emociones. El primero es sobre el miedo, que ha sido persistente en América Latina. Empezó cuando llegaron los conquistadores que sembraron el miedo y el pavor con sus armas, con las enfermedades producidas por los virus que eran desconocidos en América. A partir de ahí, el miedo nunca nos ha abandonado.

En América Latina los partidos tienen sus ideologías, pero sobre todo tienen mucho miedo los unos de los otros.

La religión fue un gran elemento difusor de miedo durante la época colonial, con el miedo al infierno, al demonio que rondaba, según decían, por todas partes. La idea de que las catástrofes naturales eran castigos divinos.

Después, a inicios del siglo XIX, con repúblicas muy inciertas, incapaces de proveer seguridad en los campos, aparecieron los caudillos que sembraron el terror en los campos. Y cuando pasaron de ser bandoleros a ser presidentes el siglo XIX estuvo plagado de guerras civiles, salvo algunas excepciones, como Brasil, que tuvo dos reyes que lograron pacificar el país. Los caudillos son los precursores del populismo que todavía existe en la región.

En el siglo XX irrumpieron los regímenes militares, también los caudillos y los movimientos revolucionarios. Todo ese devenir histórico ha sido causa de mucho miedo. En América Latina los partidos tienen sus ideologías, pero sobre todo tienen mucho miedo los unos de los otros. En el siglo XIX, los conservadores vivían muertos de miedo de que los liberales acabaran con los cimientos de la sociedad, con el catolicismo, con las buenas costumbres, con los que ellos creían que eran los buenos valores. Y los liberales vivían muertos de miedo de los conservadores, que impidieran que la sociedad progresara, que saliera del oscurantismo medieval de la Colonia, que impidiera el progreso, la igualdad. La izquierda y la derecha están llenas de miedos recíprocos.

No solamente es la ideología, se trata de una de las hipótesis de este libro, la ideología explica muchas cosas, pero no lo explica todo. Detrás de las ideologías hay muchos miedos que ayudan a entender mejor los fenómenos de América Latina.

JZ: Aquí hay que detenerse para considerar la herencia española en lo que plantea el libro “El viejo malestar del Nuevo Mundo”. Voy a nombrar algunos. El desacato. Somos geniales en la redacción de la norma, pero evasivos en su cumplimiento. Muchas veces lo que está escrito difiere de forma radical de lo que sucede en la realidad. Aquí estamos frente a un problema mayor.

MGV: Durante mucho tiempo antes de escribir estos dos libros que se dedican a entender el fenómeno de la política desde el punto de vista emocional, estuve dedicado al estudio de la cultura del incumplimiento de reglas, que es un fenómeno que viene de España; que tiene que ver con la existencia de sociedades muy fuertes y Estados muy débiles. Debido a esa fragilidad a veces se comportan como tiranos que nunca logran ordenar a toda la sociedad.

En la religión católica -y en eso difiere mucho del protestantismo y de otras religiones- se puede desobedecer con cierta facilidad merced al sacramento de la confesión, que lo resuelve todo.

En España la picaresca da buena cuenta de ello. En su literatura siempre hubo la idea de que las normas eran negociables, y con frecuencia ilegítimas. En ambos casos la gente tenía derecho a desacatar, a desobedecer.

En la religión católica -y en eso difiere mucho del protestantismo y de otras religiones- se puede desobedecer con cierta facilidad merced al sacramento de la confesión, que lo resuelve todo. Los fieles siempre se pueden confesar, incluso de los peores crímenes y mientras tengan un acto de contrición, pueden empezar de nuevo.

La posibilidad de remediarlo todo con la confesión permeó nuestro sistema jurídico y sembró la idea de que las normas eran flexibles, de que se podían desacatar. Cervantes cuenta en el Quijote que cuando este vio a unos alguaciles que habían capturado a un par de ladrones, el Quijote les dice que los suelten, que finalmente la verdadera justicia es la divina y que la justicia terrenal es incierta y no siempre legítima. Borges tiene un pequeño texto, Nuestro pobre individualismo, en donde se refiere a ese pasaje del Quijote para afirmar que de ahí viene nuestra similitud con España. Borges dice, nunca pensé que éramos parecidos a los españoles, hasta que leí esa parte del Quijote y me di cuenta de que ahí estaba nuestra verdadera identidad común.

En todas partes, la viveza criolla, la rebeldía o la arrogancia de las élites frente a las normas es un fenómeno común en toda América Latina.

JZ: Segundo, el padrinazgo, el “compincheo”. Hay tantos que consiguen más por fuera que por dentro de las instituciones. El buen contacto, el buen amigo, resuelve casi todo. Aquí suceden dos cosas perniciosas. Por un lado, se desacreditan los aprovechados, pero sobre todo pierde credibilidad la institución, el Estado.

MGV: Ese fenómeno existía en la Colonia, sociedades muy desiguales, en donde las personas, muchas veces los mestizos y a veces los indígenas aprendían que estaban mejor protegidos, teniendo lo que llamamos una buena palanca, un buen padrino. Aprendieron que estaban mejor protegidos de esa manera que a través de las leyes o de las instituciones.

La práctica se extendió en la República con los caudillos que protegían sobre todo a su ejército. Crearon lazos muy fuertes de padrinazgo con sus seguidores. Así era Páez en Venezuela, o Rosas en Argentina. El Estado era ineficaz para defender los derechos. Las constituciones estaban llenas de protecciones y de derechos, pero en buena medida eran ineficaces.

La gente del pueblo está convencida porque tiene evidencias de que eso funciona, de que más vale un buen padrino que un buen juez o institución o una buena norma. El fenómeno del padrinazgo pervive en el mundo de los gobernantes de derecha e izquierda que siempre se han valido del padrinazgo, del clientelismo.

JZ: Si hay algo demasiado extendido, ese algo es la envidia. La envidia que provoca celos y rencores de largo aliento.

MGV: Baruch Spinoza decía que las emociones tristes -el miedo, el odio, la venganza, el resentimiento, la envidia- apocaban, disminuían a las personas. Eso también sucede con los países. Las emociones tristes se atraen unas con otras. Son como las virtudes. La persona que es muy generosa generalmente es benevolente, sincera.

La envidia prospera sobre todo en sociedades jerarquizadas, muy desiguales, que tienen una pequeña élite muy poderosa y una gran cantidad de personas subordinadas y en buena parte humilladas.

El miedo y el odio van generalmente juntos. La envidia es una emoción que está ligada al resentimiento y otras emociones.

La envidia prospera sobre todo en sociedades jerarquizadas, muy desiguales, que tienen una pequeña élite muy poderosa y una gran cantidad de personas subordinadas y en buena parte humilladas. Las personas no ascienden socialmente por sus méritos, sino por los favores del padrino. Cuando eso ocurre la gente termina por convencerse de que quienes tienen cargos de autoridad o de poder, de los que ascienden en la sociedad no son producto de sus propios méritos, sino porque les hicieron favores.

Allí aflora la envidia. Emerge la idea de que nadie se merece nada y se exagera porque la envidia es corrosiva. Se suma que la envidia cognitivamente conlleva placer. Hay una pequeña dosis de dopamina que se genera en el cerebro que nos produce placer. Con el miedo pasa algo parecido.

JZ: Hay un párrafo muy importante en su libro donde habla de la resignación callada de las mujeres traicionadas por sus maridos como una de las mayores fuentes de tristeza y malestar emocional en la historia de Hispanoamérica. Actualmente las mujeres cabeza de hogar en el mundo alcanza aproximadamente el 13% y en el caso de América Latina el 32%. El abandono de las mujeres viene de lejos. ¿Podríamos decir que el machismo es una costumbre universal, pero que en América Latina su magnitud tiene raíces históricas conocidas?

MGV: Tiene que ver con muchas de las cosas de las que hemos hablado, pero con una en particular, el mestizaje. Es que, a las colonias hispanoamericanas, a diferencia de las del norte de América, no vinieron familias españolas para rehacer su vida en el nuevo mundo, sino que lo hicieron hombres solos y muchos de ellos se amancebaran con indígenas. La población mestiza de América Latina en buena parte viene de aquellos vínculos. La Corona intentó traer familias, pero la cohabitación nunca se detuvo y es la fuente de nuestro mestizaje.

El mestizaje es psicológicamente significativo. El hecho es que el mestizo siempre se sintió abandonado por su padre, en un mundo en el que no sabía cuál era su identidad. Los indígenas tenían una identidad propia y muchas veces la corona los protegía, sobre todo a las élites indígenas para que estas crearan cierta legitimidad de la dominación. Pero el mestizo no pertenecía a ningún mundo, ni al mundo de los españoles como tampoco al de los indígenas. Esa rebeldía de no sentirse parte de un mundo definido, le hizo perder su confianza sobre la legitimidad de las instituciones. Como no pertenezco a ningún mundo y en el que estoy no es legítimo, entonces el incumplimiento no me es ajeno.

La viveza criolla está asociada al mestizaje. El mestizo asume la actitud del padre: dejar abandonados a sus propios hijos, él reproduce la misma conducta de la que fue víctima.

Ésta es una tierra de muchos hijos abandonados, de muchas madres cabeza de familia.

JZ: En el período de la independencia, las naciones recién nacidas necesitaban un Estado legítimo, una administración pública eficiente, capaz de imponer orden y seguridad. Se trataba de una empresa que superaba en mucho la capacidad de los próceres de la patria. ¿Vivimos hasta hoy los ramalazos de esa insolvencia republicana en nuestras emociones tristes?

MGV: Creo que los próceres de la independencia, los líderes políticos y gobernantes que vinieron después han subestimado la importancia que tenía la legitimidad en la época de la Colonia. Como diciendo: “Ya nos liberamos de los españoles, se fueron, dejaron libre esta tierra. Ahora somos nosotros los que vamos a construir un Estado y basta con diseñar instituciones que copiaremos de países europeos y de los Estados Unidos”.

Pero no era tan fácil. Los españoles cuando se fueron con sus armas y su ejército, también se llevaron la legitimidad. Uno de los grandes problemas que tuvieron las repúblicas fue rehacer la legalidad ausente. La legitimidad colonial duró más de tres siglos, en circunstancias difíciles, porque España estaba muy lejos, los ejércitos eran pequeños y no obstante, España logró mantener un territorio tan vasto, durante ese período gracias a la coalición de Estado e Iglesia. Las recién nacidas repúblicas no podían reconstruir la legitimidad colonial porque se trataba de hacer algo distinto, aunque muchos quisieron buscar monarcas para sustituir al rey español. Pero esos monarcas no funcionaron. Empezando por México. Entonces tuvieron que inventarse la legitimidad republicana. Pero no era una tarea fácil.

La legitimidad es lo que une espiritualmente a los seres con unas instituciones. Es lo que hace que en la mente de los individuos esas instituciones sean respetables y que la obediencia sea una exigencia.

Creo que todavía hoy, más de dos siglos después, la falta de una legitimidad fuerte, de una conciencia de que las instituciones son legítimas y que merecen ser obedecidas, es algo que sigue siendo muy débil. Subestimamos esa legitimidad perdida al inicio de la república y no hemos sido capaces de reconstruirla plenamente, de sustituirla, porque para hacer otra cosa había que crear un cuento, un mito, un relato creíble. En eso nos ha ido relativamente mal a los latinoamericanos.

JZ: Terminamos con los caudillos, que nacen después de la independencia, producto del miedo y la incapacidad estatal. Concentran el poder, no aceptan adversarios, tienen un ejército. Si uno junta todos estos elementos ciertos, esperaría que fueran seres detestables, que nadie los quisiera. Y, sin embargo, es al revés, los aman, los endiosan. Uno tiene ganas de clavar la mirada al cielo y clamar: ¡Por qué!

MGV: El poder del caudillo es carismático. Es admirado por sus seguidores. Páez por sus habilidades para domar a los novillos y nadar de una orilla a la otra del río. Por ser temerario y valiente.

El Caudillo hace algo que es muy frecuente, considera que el pueblo es el de sus seguidores y entonces la idea del caudillo es gobernar con y para los suyos; los otros son traidores, unos apátridas, enemigos, los que no hacen parte de la nación.

El problema está en que no hay conciencia política de que todos son ciudadanos con iguales derechos que deben ser respetados y tolerados.

En alguna parte del libro hablo de la democracia de sinécdoque. La sinécdoque es una figura literaria que toma la parte por el todo. Y en América Latina tenemos esa idea de que muchos gobernantes toman el pueblo por aquella parte que lo sigue, no por todo el pueblo, y esa visión es buena parte del fracaso y de por qué pasamos de un extremo a otro. Entonces ahora gobierna un caudillo o un líder con la parte del pueblo que lo sigue y no logra consolidarse como es propio de los despotismos, y finalmente es sustituido por el otro extremo. Por eso en América Latina pasamos con tanta facilidad de un extremo a otro, sin explorar un punto intermedio en donde no haya sinécdoque, sino que la nación sea el todo con lo que eso implica: tolerancia, diversidad, aceptación de visiones políticas culturales distintas y de considerar a las minorías como parte de la nación misma.

Volviendo a lo de Chile, a mí me parece que eso es un poco lo que ha pasado en los últimos años con esto del plebiscito en el que ganaron unas mayorías para hacer una nueva Constitución. Pero esa Constitución la redactaron como si todo Chile fuera el Chile de ellos, fueron un poco provocadores. Y esas provocaciones crearon unos miedos, unos resentimientos, unos temores en los que no estaban en esa parte, es decir, en esa mayoría. Finalmente, los resentimientos y los miedos prosperaron hasta convertirse en las nuevas mayorías. Y entonces ahora tenemos una comisión redactora de la Constitución, que es de un color político distinto al de los que redactaron inicialmente la Constitución.

El problema está en que no hay conciencia política de que todos son ciudadanos con iguales derechos que deben ser respetados y tolerados.

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