Con el paso de los días, cede la conmoción por el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, ordenado por Trump. Que la víctima sea un dictador contribuye a justificar el uso ilegal de la fuerza bruta.
Una intervención militar de Estados Unidos en América Latina no es novedad. Al contrario, es una práctica que responde al principio más permanente que ha ordenado las relaciones en el continente americano.
Nada de lo que Trump hizo en el primer año de su segundo gobierno es nuevo: guerras arancelarias, intervenciones en asuntos internos de otros países, amenazas, extorsiones y reactualización de la vieja Doctrina Monroe.
Lo nuevo es el descaro, la ausencia de una mínima justificación legal, o siquiera el esfuerzo de enmarcar las acciones en alguna interpretación del derecho internacional, por torcida que sea. Nada de hablar de democracia, libertad o derechos humanos para millones de venezolanos.
Se trata de un ejercicio de poder sin explicaciones ni contestaciones. “¿Qué sigue, señor presidente, Colombia?”, le preguntaron a Trump los periodistas como súbditos a su emperador. “Eso me suena bien”, contestó. México, Colombia, Cuba, Groenlandia... “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ponerse en duda”.
La amenaza es material – Maduro esposado, el despliegue naval en el Caribe, las embarcaciones bombardeadas desde hace meses – y a la vez difusa. Nadie sabe cuál será la lógica ni el motivo alegado de la próxima acción.
El efecto, ya probado con el presunto “acuerdo de paz” para Palestina que siguió al genocidio en Gaza, es la confusión, la división, la parálisis o los intentos de responder con instrumentos que, como el derecho internacional, ya son juguetes rotos. La era de este nuevo poder está inaugurada. Y estamos todos advertidos.
Maduro fue extraído de su búnker en ocho minutos que bastaron para liquidar a 32 guardias cubanos que lo protegían. El resto del régimen permanece intacto, ahora como brazo ejecutor de los designios de Trump, que solo ha articulado una prioridad, negocios petroleros.
Ante la pregunta por elecciones, democracia o la liberación de unos 800 presos políticos, Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, contestan que todo eso “es prematuro”.
La naturaleza de los hechos indica que este golpe fue organizado con una parte del régimen cuya cabeza era Maduro.
De la revolución bolivariana no queda nada, ni siquiera dignidad. Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y una de las figuras más vociferantes de su administración, fue nombrada presidenta interina, con la aquiescencia de Trump.
Ella y su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, ministro del interior, y Vladimir Padrino López, jefe de las fuerzas armadas, pasan a ser gerentes de un protectorado de Trump – un statu quo nuevo, quizás provisional, que pone a Venezuela y a América Latina toda a navegar en aguas desconocidas.
El eterno malentendido
En un discurso ante el Congreso de Estados Unidos hace 202 años, el presidente James Monroe sentó las bases de la relación de su nuevo país con el resto de repúblicas que nacían también a lo largo del continente americano en medio de luchas contra las potencias coloniales europeas.
Esa relación sería de predominio estadounidense y de subordinación latinoamericana, aunque la Doctrina Monroe se presentaba como una advertencia contra nuevas aventuras coloniales europeas en América.
“América para los americanos” – la frase de Monroe que acuñó el eterno malentendido – postulaba que América, el continente, era para ellos, que se nombraban “americanos” y en ese solo gesto dejaban al resto de los pueblos de América en una categoría inferior, circunscripta a sus gentilicios nacionales o a una pertenencia subalterna a América (latinoamericanos, sudamericanos, centroamericanos o caribeños). Nunca americanos a secas.
Después de Monroe, otros presidentes ampliaron y actualizaron su doctrina. En 1880, el ‘corolario’ de Rutherford Hayes estableció la necesidad de control exclusivo de América Central y el Caribe, por tanto de un canal interoceánico, y en 1904 el ‘corolario’ de Theodore Roosevelt postuló la libertad de Estados Unidos de intervenir por la fuerza en cualquier país del continente si consideraba que sus intereses se veían afectados.
Hace apenas unas semanas, Trump publicó su propio ‘corolario’ a la Doctrina Monroe, que no contiene nada nuevo, excepto por el hecho de que, sin nombrarla, la potencia extranjera a mantener lejos ya no es Europa sino China. La novedad está en lo que empezó en Venezuela.
La pregunta por la democracia
En diciembre, la ONU denunció que la situación de los derechos humanos en Venezuela seguía empeorando. En 2021, la fiscalía de la Corte Penal Internacional abrió una investigación formal por crímenes contra la humanidad, como torturas, desapariciones y ejecuciones a manos del Estado.
Como Delcy Rodríguez ahora, Maduro se convirtió en presidente interino en 2013 tras la muerte del líder Hugo Chávez. Poco después ganó las elecciones por un estrecho margen y, a partir de 2015, tomó un giro abiertamente autoritario, cuando se negó a aceptar el resultado de unos comicios legislativos que lo dejaron sin mayoría en la Asamblea Nacional.
Los opositores al régimen probaron distintas fórmulas: manifestaciones pacíficas, acciones violentas, llamamientos al alzamiento militar y a la intervención armada extranjera, intentos de que gobiernos vecinos cercaran el país, apoyo a las sanciones económicas de EEUU y la Unión Europea, denuncias ante organismos internacionales, boicots a elecciones que consideraban amañadas, negociaciones con el régimen mediadas por terceros países, participación masiva en elecciones. Nada de esto movió la aguja.
A pesar del triunfo opositor en los comicios presidenciales de 2024, Maduro fue nuevamente proclamado presidente, fraude mediante.
Entonces reapareció Trump, con un despliegue militar no visto en décadas, bombardeos indiscriminados contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico y persecución y estigmatización de migrantes venezolanos como terribles criminales y enfermos mentales que asolaban las ciudades estadounidenses.
La principal líder opositora María Corina Machado, reciente ganadora del premio Nobel de la Paz, se aferró a esta estrategia como a un salvavidas en la tormenta, argumentando que el cerco militar, las imputaciones de narcoterrorismo contra Maduro y su círculo y una inminente acción bélica de Washington harían caer el régimen y abrirían la puerta a una transición. Poco después del secuestro de Maduro, Machado proclamó: “Hoy estamos preparados para hacer valer nuestro mandato y tomar el poder”.
La respuesta de Trump no pudo ser más fría. La apartó de la escena alegando que carecía del “respeto” y el “respaldo” necesarios para el momento.
En una entrevista posterior con Fox News, Machado volvió a intentar complacer a Trump y aseguró que quería cederle su Nobel de la Paz – que Trump ha codiciado largamente y del que se considera merecedor. El organismo que entrega el premio, el Instituto Noruego del Nobel, se vio obligado a aclarar que se trata de un galardón intransferible a terceros.
Cuando se supo del derrocamiento de Maduro, hubo festejos de venezolanos en muchas ciudades, pero no dentro de Venezuela. Allí ya no gobierna Maduro, pero sí el mismo régimen, bajo la sombra de Trump.