Como todos los venezolanos y venezolanas, he estado pegada al teléfono siguiendo el momento que atraviesa nuestro país y tratando de darle algún sentido a la situación surrealista de ver a mi país bombardeado por fuerzas estadounidenses y a un dictador de años removido casi en tiempo real.
Todo ha ocurrido a una velocidad que roza lo irreal. Pero tan increíbles y perturbadores como han sido los hechos en sí, lo que más me ha inquietado es la rapidez con la que dejamos de ser siquiera el sujeto de la historia.
Casi de inmediato, la cobertura mediática se desplazó hacia otro lugar: abstracciones sobre poder y soberanía, derecho internacional, petróleo, precedentes y geopolítica.
La violencia y la represión que los venezolanos han padecido durante años quedaron relegadas a una nota al pie
La conversación fue ruidosa e implacable. En redes sociales estallaron los debates: indignación contra Trump, preguntas sobre la legalidad de sus acciones. Otros se preguntaban si esto sentaba un precedente para Putin y Ucrania. Se analizaron los mercados petroleros y se mapearon intereses estratégicos y económicos. Incluso hubo especulación sobre si el desempeño de Marco Rubio en medio de este caos podría ayudarlo a convertirse en el próximo presidente de Estados Unidos.
En un momento, de manera absurda, observé – con una mezcla de asombro y cansancio – cómo el conjunto deportivo que Nicolás Maduro llevaba puesto la noche de su caída se volvía tendencia, como si el dictador fuera un influencer involuntario. Como si eso importara.
Se entiende el punto: muy rápidamente, la conversación dejó de ser sobre los venezolanos y venezolanas, y pasó a convertirse en un campo de prueba para las posiciones políticas y los intereses de otros.
Mientras todo eso ocurría, mis conversaciones en WhatsApp contaban una historia muy distinta.
Una mujer de 46 años, de Caracas, a quien conocí en julio de 2024, me escribió para preguntarme si creía que esta intervención podría ayudar a lograr la liberación de su hijo de 24 años. Fue detenido arbitrariamente por protestar contra las elecciones presidenciales fraudulentas de ese año.
Una hora después, recibí un mensaje de voz de otra amiga, Leidy. Había dejado a sus hijos al cuidado mutuo en su casa en las montañas de Mérida y viajado a la capital para acompañar a su esposo, que está en tratamiento contra el cáncer. Con la voz quebrada, relató la mañana del 3 de enero, después del ataque militar: el miedo, el caos, los puntos de control, la falta de transporte y las horas que tardó en llevar a su esposo al hospital mientras se retorcía de dolor. Se preguntaba si finalmente el hospital le suministrará los medicamentos que necesita. Preguntas para las que ningún análisis geopolítico parece estar preparado.
Esa brecha – entre lo que se debate afuera y lo que ocurre puertas adentro – ha sido constante. Y no es nueva.
Nuestras reacciones se filtran a través de la sospecha o el alivio, y la esperanza se lee como ingenuidad
En medio del ruido internacional, el lugar de Maduro en la narrativa empezó a cambiar. En ciertos círculos dejó de ser el hombre que desmanteló las instituciones democráticas, robó elecciones, encarceló opositores, persiguió a periodistas y gobernó mediante el miedo. Pasó a ser, más bien, una víctima de la agresión estadounidense. En la prisa por condenar el poder de Washington, la violencia y la represión que los venezolanos han padecido durante años quedaron relegadas a una nota al pie.
Por primera vez, muchas personas que nunca habían hablado de Venezuela, nunca habían seguido sus elecciones ni reaccionado ante el encarcelamiento de periodistas o el asesinato de manifestantes, expresan de pronto opiniones firmes y seguras sobre lo que debería o no haber ocurrido.
Por eso el hashtag ‘#FreeVenezuela’ (VenezuelaLibre) ha aparecido por todas partes, a menudo acompañado menos por una preocupación genuina por la población del país, que por la ansiedad en torno a los intereses económicos de Estados Unidos, los alineamientos geopolíticos o principios abstractos de soberanía. Estas opiniones se emiten con seguridad, desde posiciones de resguardo, y circulan mucho más que las voces de los propios venezolanos y venezolanas.
Mientras tanto, a nosotros se nos pide validar los argumentos de otros. Nuestras reacciones se filtran a través de la sospecha o el alivio, y la esperanza se lee como ingenuidad, el miedo como inestabilidad, la desconfianza como ingratitud y la celebración como alineamiento ideológico.
Esto plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué ahora? ¿Por qué Venezuela se vuelve urgente solo cuando está en juego el poder de Estados Unidos, y no durante los muchos años en que los ingresos petroleros venezolanos se desviaron hacia Rusia, Irán o China, cuando se desmantelaron las instituciones y se ejecutó la represión bajo la bandera de un gobierno de izquierda que encajaba convenientemente con ciertos marcos ideológicos?
Este momento es difícil de cubrir con honestidad porque no ofrece una posición moral clara y cómoda
Durante mucho tiempo, el colapso de Venezuela fue tolerado, relativizado o justificado porque reconocerlo habría complicado lealtades ideológicas. Una dictadura envuelta en un lenguaje antiimperialista resultaba más fácil de ignorar que de confrontar. Nuestro sufrimiento no encajaba prolijamente en los relatos dominantes y, por eso, fue marginado. Cuando Venezuela desafía los marcos conceptuales de otros, deja de importar si su población pierde derechos, libertad o la vida.
A medida que los debates internacionales se endurecen en posiciones, he estado hablado casi constantemente con amigos, familiares y fuentes en Venezuela. Lo que describen se parece muy poco a la cobertura dominante, no porque sean ignorantes, sino porque su realidad es fragmentada, contradictoria y está moldeada por años de represión que no se resuelven de forma ordenada en categorías ideológicas simples.
Este momento es difícil de cubrir con honestidad porque no ofrece una posición moral clara y cómoda. Por un lado, hay un régimen corrupto y dictatorial responsable de innumerables violaciones a los derechos humanos. Por otro, hay una intervención extranjera encabezada por un presidente estadounidense audaz en quien muchos venezolanos desconfían profundamente, alguien cuyo desprecio por las normas democráticas y por las consecuencias humanas no es teórico, sino algo que los venezolanos ya han experimentado a través de deportaciones y discursos de odio. Hay dos actores negativos. Esa realidad es incómoda y resiste la narrativa sencilla.
Con demasiada frecuencia, el periodismo responde a esa incomodidad creando distancia. La experiencia vivida se trata como sesgada, emocional o poco confiable, mientras que el comentario desde lejos se presenta como neutral y autorizado. Pero en un país donde los tribunales no funcionan, las elecciones son una puesta en escena y los medios independientes son perseguidos, la experiencia vivida no es una debilidad: es una de las pocas fuentes confiables de verdad que quedan.
Cuando mi tía dice que no le importa quién gobierne mientras los grupos armados afines al gobierno, los llamados “colectivos”, desaparezcan de su barrio, no expresa indiferencia política. Describe lo que significa sobrevivir después de años de miedo. Cuando un amigo defensor de derechos humanos me envía mensajes de voz que desaparecen después de escucharlos, no es exceso de cautela: es la respuesta lógica a una larga historia de represalias que quienes están fuera del país rara vez deben considerar.
Los venezolanos y venezolanas no necesitamos ser “rescatados” por el relato; necesitamos estar presentes en él
A medida que la historia crece, estas realidades profundamente personales quedan relegadas. Venezuela se convierte en un símbolo, una lección, una advertencia o un precedente, en lugar de un país cuyo futuro sigue siendo disputado por quienes viven allí. Maduro puede ser suavizado hasta convertirse en una víctima, y los venezolanos y venezolanas pasan a ser personajes secundarios en un debate impulsado por personas que nunca han vivido lo que nosotros hemos vivido – ni en Venezuela ni en ningún otro lugar –.
Si el periodismo aspira a cuestionar el poder y no a girar a su alrededor, no puede convertir a las sociedades en simple terreno de disputa, especialmente cuando sus voces resultan más incómodas para el marco dominante. Los venezolanos no necesitamos ser rescatados por la narrativa; necesitamos estar presentes en ella, no como testigos emocionales del argumento de otros, sino como sujetos políticos cuyas vidas, miedos y expectativas dan forma a lo que este momento realmente es.
Hasta que eso ocurra, la cobertura seguirá contando una historia sobre Venezuela sin venezolanos.
*Traducción al español de un artículo publicado originalmente por Unbias the News, una redacción feminista transfronteriza de Hostwriter que busca combatir activamente la reproducción de estereotipos racistas, sexistas o capacitistas.