Con la segunda vuelta presidencial del domingo en Chile se acercará el final del gobierno liderado por el Frente Amplio, una joven plataforma de pequeños partidos progresistas que irrumpió en un sistema dominado desde los 90 por dos coaliciones tradicionales, la derecha y la centroizquierda.
“El Frente Amplio es una excepción histórica: fuimos un relámpago asociado al movimiento estudiantil. Nadie planificó que unos pocos años después íbamos a ser gobierno, disputando un proceso constituyente. Fue una cosa muy vertiginosa”, dijo el diputado oficialista Diego Ibáñez a democraciaAbierta, unos días después de la primera vuelta electoral del 16 de noviembre.
Ibáñez entró al Congreso en 2018, cuando se sumó a la bancada del ahora presidente Gabriel Boric. Tenía 29 años y un pasado como dirigente estudiantil en Valparaíso, ciudad portuaria cercana a Santiago. Ahora tiene 36 y, luego de dos períodos como diputado, se mudará al Senado, donde ganó una plaza en las últimas elecciones. Será el senador más joven en la historia de Chile.
Ese dato, sin embargo, apenas se filtra en la conversación. Luego de que Boric ganara la presidencia en 2021, también a sus 36 años, la juventud de los políticos chilenos dejó de ser una carta de presentación para transformarse en un accesorio biográfico, o incluso en una carga.
“Fueron años vertiginosos y no había forma de darle previsibilidad a esta disputa por el poder. No pudimos, no había cómo, y cualquiera que te diga lo contrario te está mintiendo”, dijo Ibáñez. “El mismo Boric… nunca pensamos que iba a ser presidente”.
En una entrevista en 2018, cuando apenas había renovado su banca de diputado, Boric coqueteaba con una pausa en su carrera política. “A mí lo que me gustaría realmente es escribir, ése es mi plan”, dijo. El presidente, un lector sofisticado y poeta aficionado, soñaba con una novela acerca del proceso de luchas estudiantiles que había protagonizado unos años antes.
Pero una combinación de circunstancias, azar y fortuna lo llevaron a postergar la salida de la política profesional. Un año después de esa entrevista, en 2019, sucedió el estallido social, una ola de protestas masivas que hundió la popularidad del entonces gobierno de Sebastián Piñera, de centroderecha, y puso en jaque a la centroizquierda opositora – los dos actores protagonistas de la transición democrática y herederos del modelo económico de la dictadura (1973-1990) que las calles impugnaban.
Por primera vez desde la recuperación democrática, había espacio para una candidatura nueva, que no estuviera contaminada por el fantasma del pasado.
Todos los pronósticos favorecían al Partido Comunista, que a pesar de ser uno de los más antiguos del país apenas había participado del sistema político de la transición, con un rol minoritario en la segunda presidencia de la socialista Michelle Bachelet (2014-2018). La carta de los comunistas era Daniel Jadue, el alcalde de una comuna popular de Santiago que debía medirse en una primaria con algún candidato del Frente Amplio, una confluencia de pequeños partidos progresistas provenientes del movimiento universitario que, sin embargo, había superado el 20% de los votos en las elecciones de 2017.
La presencia de los frenteamplistas en la primaria parecía secundaria: Jadue lideraba los sondeos de la elección general, y el Frente más bien trabajaba para fortalecerse en el futuro. Se decidió que el diputado Boric fuera el candidato para ese momento, en parte porque era uno de los pocos dirigentes jóvenes que alcanzaba la edad mínima para presentarse, 35 años.
Unos meses después, en julio de 2021, Boric dio el batacazo en las primarias y allanó su camino a la presidencia, que terminaría disputando con el candidato de ultraderecha José Antonio Kast. Entre otros factores inesperados, el frenteamplista se benefició de la postergación de las primarias de los partidos de centroizquierda agrupados en Unidad Constituyente, que iban a suceder en simultáneo. Se estima que una porción de esos votantes concurrió a las primarias para votar por Boric.
La noche de las primarias, Boric dio un discurso a la medida de su ambición, o al menos de las expectativas de sus votantes más fieles: “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”, dijo.
En las elecciones de este año, la izquierda está representada por la exministra de Trabajo, Jeanette Jara, del Partido Comunista, que esta vez ganó las primarias con el 60% de los votos. El candidato del Frente Amplio (que el año pasado se convirtió en partido político) no llegó al 10%.
La coalición oficialista se ha ampliado desde las últimas elecciones y abarca ahora a toda la centroizquierda. Sin embargo, Jara obtuvo solo 26,8% de los votos en la primera vuelta y enfrenta un escenario difícil para la segunda, en la que todos los sondeos dan ventaja a Kast por más de 15 puntos.
Es la primera vez que una militante comunista lidera una candidatura que accede al balotaje, y la primera vez en mucho tiempo que la izquierda es representada por una figura de origen popular.
Pero el programa de Jara, una abogada y administradora pública de 51 años, apenas refleja estos rasgos: está protagonizado por propuestas de seguridad, un testimonio de cómo ha cambiado el escenario chileno en los últimos años y de las limitaciones del gobierno de Boric, que se juega parte de su legado.
Aterrizaje forzado
En la primera vuelta electoral de 2021, la coalición de Boric había obtenido un magro resultado (25%), y en el Congreso se encontraba en marcada minoría. La distribución de escaños resultó muy similar a la del periodo anterior, liderado por la derecha.
Boric asumió el 11 de marzo 2022 –terminará su mandato el mismo día de 2026 – con un gabinete que incluía algunos políticos de partidos aliados, ante la falta de cuadros formados en áreas estratégicas como seguridad, pero dominado por jóvenes hombres y mujeres del Frente Amplio.
“Hubo señales anticipatorias que no supimos leer con claridad”, dijo Boric en su última cuenta pública, en junio de 2025, cuando hizo un balance de su gobierno, y reconoció que las fuerzas progresistas no habían logrado asimilar su posición minoritaria en el Congreso, el principal obstáculo para el programa de reformas.
Pero el balde de agua fría llegó el 4 de septiembre de 2022, cuando el proyecto de una nueva constitución de carácter progresista, que una convención constituyente venía redactando desde antes de las elecciones, fue rechazado por el 62% de los votos. Como la propuesta preveía un nuevo orden político más favorable al gobierno (por ejemplo, quitándole poder al Senado, donde el oficialismo tenía sólo cuatro escaños) y contenía una batería de derechos sociales que estaban en la plataforma de Boric, la aprobación del texto había comenzado a operar como un requisito fundamental para el despliegue del proyecto del presidente.
Hoy, una autocrítica común en filas del gobierno es que este ató su suerte al proyecto constitucional, cuya derrota paralizó el programa de cambios.
“El error fue esperar los resultados de una convención que estaba hiper fragmentada”, dijo el diputado Ibáñez. “No aprovechamos el vuelo inicial de legitimidad y aprobación para meter en el debate parlamentario una reforma más estructural, como la tributaria”.
La reforma tributaria fue presentada al Congreso unos meses después del plebiscito, y fue rechazada por apenas un voto. Según Ibáñez, se pudo haber aprobado antes, y su puesta en vigencia hubiese favorecido una mejor recaudación para impulsar cambios más ambiciosos.
Luego de la derrota constitucional, Boric reestructuró el gabinete, dando espacio a figuras de partidos de la vieja centroizquierda, que gobernó cinco períodos desde 1990. Esta movida dotó al gobierno de una mayor estabilidad, pero al mismo tiempo desnudó su debilidad inicial: una parte de su ímpetu transformador había sido amputado.
Con todo, la pobreza cayó a 6,5% en 2023 – era de 10,7% en 2020 –, la desigualdad se redujo levemente y la economía creció en promedio 1,8% anual, mientras la inflación se redujo del 11,6%, cuando Boric asumió, al 4% actual.
Su gobierno aprobó una serie importante de reformas. El sueldo mínimo aumentó más de un 40%, superando los 550 dólares, uno de los más altos de América Latina. Y la jornada laboral se redujo de 45 a 40 horas semanales (ambas medidas explican la candidatura de Jara, ministra de Trabajo durante la mayor parte de la gestión).
El gobierno también impulsó el llamado Copago Cero que otorgó atención médica gratuita a todos los afiliados al Fonasa, el seguro nacional de salud, en la red de hospitales públicos; inició un plan nacional de cuidados; adoptó una estrategia nacional para gestionar el litio y consiguió que el sector minero empezara a pagar un royalty para ser distribuido en territorios de baja recaudación.
Su mayor logro, sin embargo, fue la reforma del sistema de pensiones (también con liderazgo de Jara), una deuda pendiente de los últimos gobiernos. Esa reforma es probablemente la que mejor expone el nudo del gobierno. La ley restablece el aporte de los empleadores – eliminado por la reforma privatizadora de la dictadura de Pinochet –, aumenta las pensiones mínimas e introduce un seguro social, lo que en la práctica mejora la situación de muchos jubilados, que en algunos casos recibirán un 20% más de ingresos.
Pero el sistema seguirá siendo gestionado por las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), de carácter privado, y uno de los principales blancos del ciclo de protestas que cristalizó en el estallido de 2019. La reforma, que para algunos sectores de izquierda no distó mucho del proyecto de la derecha, no altera la matriz individualista y mercantilista del sistema previsional chileno.
“La pregunta es cómo explicás a este gobierno, que tuvo éxitos importantes pero distintos a los que había prometido. Y eso tiene sentido, porque el escenario y las demandas cambian, pero no ha habido una narrativa para explicar ese cambio, o desfase”, dijo Noam Titelman, uno de los miembros fundadores del Frente Amplio que ahora se dedica a la investigación académica.
Para Titelman, autor del libro ‘La nueva izquierda chilena. De las marchas estudiantiles a La Moneda’, la falta de relato del gobierno contrasta con la táctica del ultraderechista Kast, quien, luego de algunas derrotas, decidió abandonar su agenda dura y su tono radical. “Kast encontró una manera de justificar ese cambio con la figura del gobierno de emergencia: él le dice a su electorado que va a priorizar temas de seguridad y migración ante la cuestión valórica. El gobierno no lo logró”.
La otra coyuntura que modificó el rumbo del gobierno fue el aumento dramático en la percepción de inseguridad, luego de un pico de homicidios en 2022 y de una serie de crímenes de alto impacto mediático. En su última cuenta pública, Boric se jactó de haber aprobado 60 leyes que “han permitido modernizar nuestra institucionalidad ante las nuevas formas del delito”, en referencia al crimen organizado, otra de las novedades de estos años.
Para una parte de la izquierda, que había llegado al gobierno con la promesa de refundar Carabineros, la policía militar de Chile responsable de la violenta represión del estallido, se trata de un legado incómodo.
Boric también defendió el descenso sostenido de la migración irregular que, junto con el control de la inflación que el país acarreaba desde la pandemia, son los contornos del nuevo relato que el gobierno ensaya de cara a las elecciones: “Chile no se cae a pedazos”, dijo el presidente.
¿Quién le teme a Jeanette Jara?
“Chile no se cae a pedazos”, repite Jeanette Jara a unos días de la segunda vuelta, uno de los pocos guiños narrativos que comparte con el gobierno. Luego de su victoria en las primarias, Jara tomó una distancia estratégica tanto de La Moneda como del líder del Partido Comunista, Lautaro Carmona, con el que mantiene una relación tensa.

La exministra de Trabajo insiste en que ya no es la candidata del PC, sino de una coalición amplia que incluye a todo el oficialismo y a partidos de centro como la Democracia Cristiana.
Jara afirma que su principal eje es la seguridad. “Poder vivir tranquilos es un derecho de todas las personas”, dice. Aunque su relato tiene un acento social y económico (“la seguridad de llegar a fin de mes”), su programa está basado en medidas como la subida de los salarios, la ampliación de algunas políticas sociales y el control de la migración. “No incluye una sola reforma estructural”, escribió el columnista Daniel Matamala hace unas semanas. “La izquierda se encamina a algo más grave que perder una elección; parece haber perdido la fe en sus propias convicciones”.
Ante la pregunta de si Jara no había cedido demasiado terreno al abrazar el centro, Bárbara Figueroa, secretaria general del Partido Comunista y principal enlace con el comando de campaña, respondió que se trata de un debate que trasciende la elección.
“Hay una discusión respecto a si este es el tiempo donde la izquierda tiene que radicalizar posiciones para confrontar, como se hizo, por ejemplo, en Irlanda o en Nueva York, o si en este escenario, con un Congreso en contra y frente a la ultraderecha, no es mejor hacer un camino que te permita construir correlaciones de fuerza reales”, dijo a democraciaAbierta.
Según Figueroa, le corresponde al partido y no a la candidata, que representa ahora a la alianza de centroizquierda, decidir qué rumbo tomar. “La pregunta es si nosotros necesitamos una Jeanette Jara que radicalice el discurso, o que haga lo necesario para garantizar que vamos a poder llegar al poder para desde ahí mover, articular y construir”.
Ricardo Solari, veterano dirigente del Partido Socialista que también es parte del comando de Jara, cree que el principal obstáculo de la candidata es su carácter oficialista. “El juicio que tienen los chilenos del gobierno es crítico. Y la votación está determinada por la condición de oficialistas. Para romper con eso, la candidata hubiera tenido que hacer un giro imposible para una persona que fue ministra tres años”. El rechazo al gobierno, según encuestas, orbita en 60%.
“Más que una campaña que rema contra los vientos electorales, es una campaña que cierra un ciclo”, continuó Solari, ministro de Trabajo entre 2000 y 2005, en el gobierno de Ricardo Lagos. Este ciclo estuvo marcado por la ola de movilizaciones estudiantiles que comenzó en 2011, el origen político de Boric, luego se expandió con el estallido de 2019 y provocó una reconversión del sistema de partidos, en detrimento de fuerzas tradicionales.
El ascenso de una nueva izquierda que parecía representar el malestar con el sistema político y una economía estancada desde hacía más de una década, quedó detenido con la derrota constitucional de 2022. Pero el sistema no ha vuelto a su configuración anterior. Y la mirada sobre las raíces de ese malestar ha cambiado.
“Hubo una interpretación de que el estallido había sido algo de izquierda, y que en el plebiscito los chilenos votaron por el centro y la moderación”, dijo Titelman. “Pero existe otra que afirma que, más que una demanda ideológica, lo que hay es antipolítica, una pulsión parecida al ‘que se vayan todos’, y que tiene una expresión distinta en cada elección”.
Puede que la ultraderecha de Kast recoja algo de ese ánimo, pero el indicador más claro de esa tendencia fue el voto a Franco Parisi, un populista líder del Partido de la Gente, que se declara sin ideología y basa su discurso en un rechazo frontal a todos los partidos políticos. Obtuvo el tercer lugar con casi el 20% de los votos y 14 diputados que serán relevantes para la gobernabilidad del próximo gobierno.
Recoger una mayoría de esos votos es casi el único camino de Jara para triunfar en la segunda vuelta, frente a un bloque de derecha que superó el 50% en la primera vuelta y se encuentra unificado detrás de Kast. Las encuestas prevén un resultado cercano al 60-40 en favor de la ultraderecha.
Parisi delegó la decisión de a quién apoyar en una consulta digital entre sus bases. Casi el 80% se inclinaron por el voto nulo, aunque no se conoce cuántas personas votaron. Jara ha hecho suyas algunas de las propuestas de Parisi, como quitarle impuestos a los medicamentos. “Es mi nuevo mejor amigo”, bromeó hace poco.
Pero el acercamiento de Jara hacia el mundo Parisi revela la falta de vínculos de una parte mayoritaria de la izquierda con sectores populares alejados de centros urbanos, y que perciben a los partidos progresistas como elitistas.
Si bien el Partido Comunista, la fuerza de izquierda con mayor capilaridad social, también perdió una parte de esa representación, el Frente Amplio es el principal apuntado.
“La emergencia de Parisi logra llenar un vacío de relato que el Frente Amplio no pudo ocupar”, dijo el diputado Ibáñez. “Hablamos de una clase media emergente, abrazada a la meritocracia y al disfrute de sus avances, una cultura que ha quedado lejos de la idiosincrasia de la izquierda chilena. Nosotros tenemos una condición de clase muy propia del estatus universitario”.
Los apoyos de Parisi se concentran en el norte, un territorio minero acostumbrado a la circulación de dinero y el consumo, pero que se considera abandonado por el Estado tanto en el control de la migración como el de la economía.
Su avance fue acompañado por otra de las novedades del ciclo Boric: la inclusión del voto obligatorio, que debutó en el plebiscito de 2022 y con el que se sumaron alrededor de cinco millones de votantes que manifiestan una mayor desconfianza hacia los partidos.
“Al Frente Amplio y al gobierno no se le perdona el incumplimiento de la promesa de austeridad”, dijo Solari, que recientemente dejó su puesto como ejecutivo de Cadem, la principal consultora de opinión en Chile. “Eran jóvenes que tenían todas las herramientas para hacerlo, no lo hicieron y fueron muy castigados por eso”.
Solari se refería a casos de presunta corrupción como el Caso Convenios, una trama de malversación de fondos entre ministerios y fundaciones ligadas a uno de los partidos del Frente Amplio.
“En nuestros estudios, la medida más popular de Parisi era que los partidos se bajaran los sueldos”, dijo. “La gente percibe que el gobierno prometió austeridad y se llenó de asesores que cobran sueldos altísimos siendo además un primer salario en muchos casos. Sería ridículo pedirle a una joven profesional que entra al Estado que se baje el sueldo, pero el problema entonces no es la conducta, sino la promesa”.
Para la segunda vuelta, Jara reforzó su historia de vida, marcada por una infancia en un barrio humilde y con padres de clase trabajadora, para separarse de la primera línea del gobierno y para apelar a votantes desencantados.
“El gobierno sacó adelante un país que estaba con mucha incertidumbre. El escenario era muy complejo y ha tenido aciertos”, dijo Figueroa, la secretaria general del Partido Comunista. “Pero creo que una de sus grandes dificultades ha sido la falta de diálogo con el mundo social”.
Figueroa acababa de regresar de un viaje al norte con la candidata que, entre otros anuncios, se comprometió a construir un estadio, el Arena Antofagasta.
“Tú puedes preguntar: ¿Y para qué quieres un estadio, con todas las otras cosas que pueden hacer falta? Para no tener que viajar a Santiago a ver un concierto. ¿Eso es más importante que un centro oncológico?”, se atajó Figueroa. “No. Pero también es importante para la población”.




