Son las diez de la mañana en el centro de São Paulo, Brasil, y una fila ya empieza a formarse frente a la organización civil Pacto pelo Direito de Migrar (Pacto por el Derecho a Migrar, PDMIG). En ella esperan hombres, mujeres y niños de Angola, Venezuela, la República Democrática del Congo, Camerún, Afganistán y muchos otros países. Cada rostro cuenta una historia: carga su propio dolor, pero también esperanza.
Para muchos, el PDMIG se ha convertido en un punto de partida, un lugar donde comenzar de nuevo. Allí, las personas comparten relatos de hambre, guerra, persecución, violencia de género o desempleo. Encuentran respuestas, apoyo y acompañamiento mientras esperan la resolución de sus solicitudes de asilo o visado. A todos los une un mismo deseo: ser reconocidos, existir legalmente en una tierra ajena para poder reconstruir sus vidas.
Un espacio seguro en un mundo hostil
Fundado en 2014 por migrantes y refugiados, el PDMIG nació con el objetivo de crear un espacio seguro y acogedor para quienes llegaban a São Paulo. Desde entonces, ofrece una amplia variedad de servicios orientados a la regularización migratoria, la integración social y el empoderamiento de las personas migrantes, tanto en el ámbito público como en el privado. Su labor destaca especialmente por acompañar a los migrantes en su inserción en el mercado laboral, un terreno lleno de obstáculos para el acceso, el reconocimiento y la inclusión.
Desde 2020, la organización ha atendido a más de 43.000 personas, el 51% de ellas mujeres. Estos números no solo reflejan la cantidad de servicios ofrecidos, sino también la complejidad y diversidad de quienes llegan cada día en busca de respuestas – o, al menos, de alguien dispuesto a escuchar.
El director ejecutivo del PDMIG, Jean Katumba, asegura que el mayor desafío está en enfrentar los “laberintos invisibles”.
“La documentación es solo el primer paso, pero no lo es todo. En la cotidianeidad nos topamos con obstáculos estructurales: falta de información accesible, barreras idiomáticas, racismo institucional, desigualdades de género y la ausencia de políticas públicas eficaces de acogida e integración.”
Atender los problemas de género y laborales ocupan buena parte del trabajo de la organización. “La violencia doméstica, especialmente contra mujeres migrantes, se agrava por el machismo cultural y por su situación jurídica vulnerable. A muchas les cuesta denunciar los abusos, sobre todo cuando sus propios entornos culturales desaconsejan romper el silencio”, explica Katumba. “En el ámbito laboral, las personas migrantes enfrentan abusos como el impago de salarios, la falta de derechos básicos y las amenazas de despido.”
Cuando las políticas públicas fallan, las redes de solidaridad se reinventan para garantizar lo esencial: el derecho a existir con dignidad
El PDMIG intenta responder a esos desafíos lo mejor que puede. Además de ofrecer asesoría, actúa como mediador en conflictos entre empleadores y trabajadores, impulsa programas y alianzas para ampliar el acceso a la justicia y la protección social de las mujeres migrantes, y defiende sus derechos en foros nacionales e internacionales. Su reclamo es claro: políticas migratorias más humanas, inclusivas y adaptadas a la complejidad de los flujos migratorios mixtos.
Trabajar con personas migrantes en un país donde los recursos humanitarios se reducen y la pobreza es cada vez más criminalizada exige creatividad, resiliencia y fuertes alianzas. Por eso, el PDMIG apuesta al fortalecimiento comunitario y la formación política de las personas migrantes como caminos para romper el ciclo de la invisibilidad. Hoy, la organización se ha convertido en un símbolo de resistencia colectiva en São Paulo: una prueba viva de que, cuando el Estado falla, las redes de solidaridad pueden reinventarse para garantizar lo más básico: el derecho a una vida digna.
Reconocidos por la ley, pero no siempre en la práctica
Integrarse al mercado laboral brasileño es un paso clave para que migrantes y refugiados puedan reconstruir sus vidas. Pero el camino está lleno de obstáculos. Uno de los principales es atravesar la burocracia necesaria para alcanzar la regularización migratoria, condición indispensable para poder ejercer el derecho al trabajo.
Nyota, una mujer negra de Tanzania, llegó a Brasil en 2014, cuando tenía 19 años. Desde entonces vive en São Paulo. Ella nos contó sus experiencias con la burocracia brasileña para que pudiéramos transmitirlas con sus propias palabras.
Después de terminar mis estudios en Brasil en 2019, enfrenté grandes dificultades para regularizar mi situación. No encajaba en el perfil para solicitar asilo, así que tuve que buscar alternativas legales. Opté por cambiar mi visa de estudiante por una visa de trabajo.
El proceso resultó complicado y muy burocrático. Uno de los principales requisitos era presentar un contrato laboral con un formato específico del Ministerio de Trabajo, que incluía cláusulas inusuales – como la obligación del empleador de cubrir los costos de mi regreso a mi país en caso de despido –. Esa exigencia generó resistencia en la empresa, que lo consideró una carga económica indebida. Los intentos de mediación fracasaron.
Para evitar quedarme indocumentada, cursé tres posgrados en instituciones privadas, todos autofinanciados, con el fin de renovar mi visa de estudiante. También busqué orientación en la Defensoría Pública y en la Policía Federal, donde me dijeron que mis únicas opciones viables eran casarme con un brasileño o tener un hijo en el país. Eso me hizo ver lo limitadas que son las vías de regularización para los egresados extranjeros en Brasil.
Un cambio importante llegó en 2024, cuando se aprobó una nueva normativa que permite convertir la visa de estudiante en una visa de trabajo por hasta dos años, si se cumplen ciertos criterios. Aun así, seguí encontrando trabas: más rechazos por no ajustarme al formato de contrato exigido por el Ministerio de Trabajo.
Aunque la ley ya lo contemplaba, mi situación recién se resolvió seis meses después. Solo en junio de 2025 mi nombre apareció publicado en el Diário Oficial da União, y recién entonces pude continuar mi vida con tranquilidad.
El relato de Nyota ilustra las barreras estructurales que enfrentan muchos migrantes africanos altamente calificados en Brasil. Muestra las grietas del sistema migratorio y la necesidad de políticas más informadas e inclusivas que garanticen los derechos de quienes buscan aportar a la sociedad. Su historia también revela la urgencia de capacitar y sensibilizar a las instituciones: no solo a quienes redactan las leyes, sino también a quienes deben aplicarlas y comprender la complejidad de las realidades migratorias en el país.
Herencias coloniales
Las políticas migratorias contemporáneas en Brasil siguen arrastrando las huellas de su pasado colonial. La experiencia de hombres africanos y afrocaribeños lo demuestra: a menudo son estigmatizados como obreros, lo que los distingue de otros flujos migratorios provenientes del Norte Global y los orienta hacia empleos en construcción u otros sectores manuales. Sus trayectorias intelectuales y culturales quedan invisibilizadas, perpetuando desigualdades históricas.
Algunos trabajos informales pueden resultar mejores que los empleos formales que los migrantes dejaron atrás
Patrice, un hombre negro de 37 años de la República Democrática del Congo, llegó a Brasil a principios de 2020. Primero vivió en São Paulo y luego se mudó a Brasilia, donde reside actualmente. Así describe su experiencia:
Vine a Brasil con la intención de trabajar en el sector de la salud y continuar mi formación original en medicina. Fue un período muy difícil, ya que el aislamiento social se impuso apenas un mes después de mi llegada. Tuve que recalcular mis planes y adaptarme a una realidad completamente inesperada.
En 2023, intenté por primera vez revalidar mi título de médico en Brasil. Este proceso, según la Ley de Directrices y Bases de la Educación Nacional y la resolución CNE/CES N° 2, de diciembre de 2024, es largo y costoso: análisis de documentos, exámenes teóricos y prácticos, además de tarifas muy altas. Estos obstáculos dificultaron enormemente mi posibilidad de ejercer la profesión para la que me preparé, dejándome temporalmente fuera del campo médico.
Mientras esperaba poder volver al sector de la salud, tuve que buscar otras formas de ganarme la vida y, al mismo tiempo, mejorar mi portugués. Aunque llegué en mejores condiciones financieras que muchos compatriotas, quienes migran desde el Congo por conflictos armados o crisis económicas, las oportunidades disponibles eran todas en el sector de servicios.
Una experiencia que me marcó profundamente fue cuando me ofrecieron un puesto como asistente de construcción en un centro comercial. Pensé: si me lesiono haciendo un trabajo manual para el que no tengo experiencia, ¿cómo podré luego especializarme como cirujano, sobre la base del título médico al que dediqué tantos años de estudio y preparación?
Esa situación me hizo dar cuenta de la necesidad urgente de adaptarme. Más allá de los trabajos de supervivencia, empecé a invertir en cursos intensivos de portugués, práctica diaria con colegas brasileños y miembros de la comunidad, y en vocabulario profesional específico del campo médico. Estos esfuerzos no solo me ayudan a integrarme en la sociedad, sino que también me preparan para reincorporarme al mercado laboral con mayor confianza y preparación, tanto en salud como en otros espacios profesionales.
Legba Ceridor, asesora cultural de la Asociación Haitiana en Brasil (USIH), complementa esta visión sobre los desafíos que enfrentan los recién llegados:
Para nosotros los migrantes – hombres y mujeres, jóvenes o adultos –, al llegar a Brasil en edad laboral, normalmente empezamos en empleos formales, con contrato y registro. Con el tiempo, sin embargo, muchos abandonan esos puestos y se dedican a actividades consideradas irregulares o informales, como pequeños negocios o ventas callejeras, a menudo en condiciones precarias. Paradójicamente, pese a las dificultades, algunas de estas oportunidades informales terminan siendo mejores que los trabajos registrados que dejaron atrás.
Para los hombres, las dificultades de inserción laboral son similares a las de las mujeres. Cualquiera de nosotros, al llegar, debe adaptarse y aceptar trabajos lejos de su formación o profesión. Un ingeniero puede tener su primer empleo como ayudante de construcción, al igual que un abogado.
No quiero desvalorizar este tipo de trabajo, pero al comienzo las habilidades profesionales del ingeniero o del abogado no son reconocidas. Con el tiempo, sin embargo, es posible encontrar un puesto más adecuado, continuar estudios, revalidar títulos y acercarse gradualmente al campo de su formación original.
Factores como la raza, el género y la clase social influyen directamente en la experiencia de los migrantes en el mercado laboral. Las mujeres migrantes, por ejemplo, suelen verse confinadas a trabajos de cuidado, mientras que a los hombres se los dirige hacia empleos considerados “masculinos”, aunque no coincidan con sus calificaciones o experiencias. De esta manera, los migrantes pueden quedar excluidos de la oportunidad de desempeñarse en el área que han elegido. Sus habilidades y capacidades específicas son sistemáticamente ignoradas, pese a lo que la legislación formal garantiza.
Trabajando al margen
En Brasil, las mujeres migrantes suelen encontrarse atrapadas en empleos informales y precarios: limpieza, cuidado de personas y trabajos domésticos. Para muchas, estos roles no son solo una fuente de ingresos, sino la única vía de supervivencia en un país tan vasto y complejo. La falta de oportunidades para el desarrollo profesional, combinada con la exclusión social y económica, representa una lucha diaria y plantea desafíos graves para quienes diseñan políticas públicas orientadas a la inclusión económica.
Género, nacionalidad y trayectorias migratorias se intersectan para moldear los resultados laborales
En São Paulo, las mujeres filipinas trabajan en hogares privados, a menudo aisladas y sujetas a acuerdos informales. Las mujeres africanas, muchas huyendo de conflictos o inestabilidad económica, frecuentemente se ven desplazadas hacia trabajos domésticos o de cuidado con mínima protección. Las mujeres afganas llegan con sus familias, con la esperanza de construir una vida más segura, pero se encuentran con barreras similares.
Bárbara Bonet, de la Secretaría Ejecutiva de USIH, señala:
Las mujeres haitianas enfrentan desafíos muy similares a los que identifica PDMIG, enraizados en una cultura patriarcal y sexista. A menudo necesitan la aprobación de sus esposos para participar en actividades de concientización sobre temas de su interés. Cuando no se les concede, su participación se limita, restringiendo su acceso a espacios que podrían fortalecer su presencia en la sociedad brasileña, ya sea en el mercado laboral o en la educación. Estos obstáculos muestran cómo las normas de género y la dinámica familiar pueden influir directamente en las oportunidades de empoderamiento e inclusión social de las mujeres migrantes.
En el caso de las mujeres haitianas, se identifican factores clave que moldean su inserción en el mercado laboral brasileño. Las mujeres mayores suelen trabajar en el sector alimentario, vendiendo verduras, comidas preparadas y otros productos en mercados callejeros o a la orilla de las calles. Entre las más jóvenes, algunas llegan con estudios superiores, lo que refleja no solo una brecha generacional, sino también educativa.
Otro sector con fuerte presencia femenina haitiana es la venta de ropa en el distrito Brás, donde muchas trabajan informalmente, vendiendo productos en la calle. Están frecuentemente expuestas a la violencia policial, desde intimidaciones hasta la confiscación de sus bienes, un golpe severo para quienes dependen de ese ingreso para mantener a sus familias. Al mismo tiempo, las hijas de estas mujeres, parte de una segunda generación migrante, cada vez acceden con mayor facilidad a otras oportunidades laborales, gracias a su educación y a la experiencia de haber crecido en Brasil.
A pesar de estas diferencias, estas mujeres comparten vulnerabilidades: trabajo forzado, explotación sexual, violencia doméstica y otras formas de explotación, lo que evidencia cómo género, nacionalidad y trayectorias migratorias se intersectan para moldear los resultados laborales.
Las personas migrantes comparten experiencias, construyen redes de solidaridad y reclaman sus derechos, forjando caminos donde el Estado no ha estado presente
Las políticas migratorias y los cambios regulatorios también moldean estas realidades. Las leyes de inmigración, los sistemas de permisos de trabajo y los programas de regularización pueden abrir puertas o cerrarlas, afectando directamente la capacidad de las mujeres migrantes para acceder a empleos formales y construir medios de vida sostenibles.
La experiencia del PDMIG muestra que estos cambios normativos, combinados con normas socioculturales arraigadas, refuerzan con frecuencia las desigualdades de género, dejando a las mujeres migrantes con empleos precarios, visas temporales y vacíos en su protección legal. Afrontar estos desafíos requiere no solo moverse físicamente entre distintos espacios, sino también negociar continuamente con marcos legales, sociales y culturales que limitan su movilidad y sus oportunidades.
Aun así, frente a estas dificultades, las mujeres migrantes demuestran resiliencia y creatividad. Muchas navegan por sistemas burocráticos, marcos legales y expectativas sociales con ingenio, buscando soluciones colectivas para mejorar sus circunstancias. Sin embargo, la percepción pública y los marcos de gobernanza tienden a simplificar sus vidas y trabajos, ignorando las estrategias complejas que emplean para sobrevivir y prosperar. Comprender estas experiencias es esencial para crear políticas que realmente promuevan la inclusión económica, la equidad de género y el empoderamiento de las mujeres migrantes en Brasil.
Un largo camino por recorrer
Aunque Brasil se presenta ante el mundo como un país acogedor de migrantes, en la práctica esa hospitalidad suele ser selectiva y está marcada por omisiones estructurales. La ausencia de políticas públicas sólidas para la inclusión social y laboral de migrantes y refugiados revela una brecha persistente entre el discurso y la realidad.
Lo que se observa es la precarización de la vida migrante, agravada por las desigualdades de género, las barreras lingüísticas, el racismo institucional y los recortes en los fondos destinados a la atención humanitaria. Las mujeres migrantes, en particular, cargan con el peso de estas exclusiones, enfrentando a diario el desafío de defender su dignidad dentro de un sistema que las vuelve invisibles.
Sin embargo, lejos de ser simples víctimas, muchas personas migrantes han asumido roles transformadores como educadoras sociales dentro de sus comunidades y en la sociedad brasileña en general. Comparten experiencias, tejen redes de solidaridad y reclaman sus derechos, abriendo caminos donde el Estado ha estado ausente.
Estas personas exponen los “laberintos invisibles” del sistema y, al mismo tiempo, construyen alternativas. Es urgente que Brasil supere la retórica de la acogida y avance hacia políticas públicas concretas que reconozcan a las personas migrantes no solo como beneficiarias de asistencia, sino como agentes políticos y sociales del cambio.