BELÉM, Brasil - Cuando tenía 18 años y tomaba el autobús para ir a la universidad desde mi barrio en Realengo, Río de Janeiro, noté la marcada ausencia de árboles y espacios verdes. Los espacios públicos comunes, parques donde los niños pudieran jugar o las familias pudieran reunirse, no existían. Era una señal de que algunas vidas, algunas comunidades, están sistemáticamente excluidas de las decisiones sobre el mundo en el que viven.
Yo, como muchos jóvenes de mi comunidad, me negué a aceptarlo. Luchamos para transformar una fábrica de municiones del ejército abandonada en el Parque Realengo Susana Naspolini, un lugar donde se cruzan la cultura, la comunidad y la naturaleza. Eso me llevó al activismo climático y, finalmente, a que me nombraran campeona de la Juventud de la Presidencia de la COP30, la conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático que se celebra desde el 10 de noviembre en Belém.
Mi trayectoria me ha demostrado que el cambio real se produce cuando las personas tienen el poder de actuar, cuando sus voces dan forma a las políticas que afectan sus vidas.
En este momento, nuestras sociedades están divididas por la polarización y la desconfianza. Esta división nos impide tomar las medidas que todos sabemos que son necesarias. La crisis climática no solo exige nuevas tecnologías, sino también un nuevo tipo de política que pueda unir a la gente más allá de las divisiones y dar a todos una voz real en nuestro futuro común. Hacer frente a la negación y la desinformación requerirá tanto valor como estrategia.
En el centro de la crisis política actual se encuentra un profundo sentimiento de exclusión. Las decisiones sobre nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestro planeta se toman con demasiada frecuencia a puerta cerrada por funcionarios que, en muchos casos, están desconectados de nuestras experiencias vitales. Muchas personas sienten que la política las afecta, pero no participan de ella. Todo el mundo merece tener voz. Solo a través de una democracia más profunda y una verdadera inclusión podremos avanzar con la rapidez suficiente y situar la justicia en el centro de la transición climática.
Gobiernos y comunidades de todo el mundo ya han demostrado cómo funciona esto en la práctica. En 2020, la OCDE publicó Catching the Deliberative Wave, un informe que documenta cómo la deliberación ciudadana ha ayudado a abordar algunos de los retos más difíciles a los que nos enfrentamos. Pero ese documento apenas araña la superficie; pasa por alto muchas de las profundas tradiciones participativas del Sur Global.
En Brasil, los presupuestos participativos permiten a millones de personas opinar directamente sobre cómo se gastan los fondos públicos en sus ciudades, lo que fomenta la confianza en los gobiernos. En Indonesia, la práctica del Gotong Royong (cooperación mutua) y las cooperativas de riego Subak de Bali han mantenido la armonía social y ecológica durante siglos. En Kenia, Uganda y Tanzania, el sistema Baraza reúne a las comunidades para que los líderes rindan cuentas en foros públicos. Y hoy en día, las iniciativas lideradas por jóvenes están conectando las soluciones locales con los objetivos climáticos globales a través del Mutirão das Juventudes, una plataforma que recopila proyectos de jóvenes de todo el mundo y garantiza que sus voces se tengan en cuenta en la agenda más amplia de la COP30.
Estos enfoques comparten una comprensión más profunda de la política, que no se basa únicamente en la competencia o el consenso, sino en el respeto mutuo y la escucha profunda. Cuando las personas se escuchan verdaderamente unas a otras más allá de sus diferencias, surgen nuevas posibilidades. Por ejemplo, la Asamblea Ciudadana sobre el aborto en Irlanda movilizó a participantes que comenzaron con opiniones opuestas (antiaborto y proaborto) y terminaron expresando un profundo respeto, incluso afecto, por los demás. Ese proceso allanó el camino para una legislación histórica que protege los derechos de las mujeres.
La COP30, la COP de la gente, es nuestra oportunidad de llevar este espíritu al escenario mundial. Debe ser recordada por poner en marcha un nuevo tipo de política, que reúne deliberadamente a quienes no están de acuerdo, no para ganar discusiones, sino para comprender las realidades y limitaciones de cada uno, con el fin de construir juntos una transición que funcione no solo para el bien común, sino también para cada uno de nosotros.
Este es precisamente el objetivo de la Citizens’ Track (Vía Ciudadana) que acaba de poner en marcha la Presidencia de la COP30 para conectar miles de asambleas comunitarias locales de todo el mundo con una Asamblea Ciudadana Global permanente. El primer ciclo de esta vía tiene como objetivo involucrar a más de 100.000 participantes en 30 países, y los resultados iniciales se presentarán el próximo año en la Conferencia sobre el Clima de Bonn.
Las decisiones que tenemos por delante no son sencillas: ¿Cómo extraemos los minerales esenciales para la transición ecológica sin destruir los ecosistemas ni dividir las comunidades? ¿Cómo protegemos los bosques y, al mismo tiempo, apoyamos a las personas que viven en ellos? ¿Cómo cuidamos a los trabajadores de los sectores con altas emisiones cuando sus medios de vida están en peligro? ¿Cómo situamos la justicia, los derechos humanos y la cultura en el centro de la acción climática?
Para responder a estas preguntas se necesita algo más que informes de expertos o políticas impuestas desde arriba, se necesita escuchar a las personas más afectadas. Ese es el espíritu del Mutirão Global, un concepto de los pueblos indígenas de Brasil presentado por la presidencia de la COP30: conectar las comunidades locales, sus preocupaciones y su voluntad de actuar con los responsables de la toma de decisiones a nivel mundial y los objetivos climáticos.
Un ejemplo de este enfoque, respaldado por Brasil, es la Asamblea Mundial de Ciudadanos, que reúne asambleas locales y mundiales en las que las personas pueden deliberar y compartir sus perspectivas, pero también tomar medidas y pedir a otros que actúen.
En palabras de Ana Toni, directora ejecutiva de la COP30, “no hay transición sostenible sin democracia”. Por eso Brasil se ha comprometido a hacer de la COP30 la COP del pueblo y a devolver la participación ciudadana al centro de las negociaciones sobre el clima. Ahora debemos asegurarnos de que seguimos esa visión más allá de Belém.
Algunos políticos dicen que estamos “perdiendo el debate” sobre el clima. Pero eso es simplemente falso. Mayorías sólidas y estables en todo el mundo apoyan medidas climáticas más ambiciosas. Más del 80% de los ciudadanos a nivel mundial dicen que apoyan medidas más estrictas, y el 69% afirman que contribuirían con el 1% de sus ingresos para hacer frente a la crisis.
El problema no es la apatía de la gente, sino la desconexión política. Las asambleas ciudadanas pueden ayudar a salvar esa brecha. Por eso creo que podrían convertirse en el legado más duradero de la COP30: dejar de luchar simplemente por el planeta y empezar a reimaginar, juntos, cómo la humanidad decide su futuro.
Marcele Oliveira es la campeona Juvenil del Clima de la Presidencia de la COP30 y lidera la movilización de niños, adolescentes y jóvenes en el Mutirão Global contra el Cambio Climático. Directora de Perifalab, es productora cultural y trabaja desde 2019 para combatir el racismo ambiental en Realengo, en la zona oeste de Río de Janeiro. Fundadora de Coalizão o Clima é de Mudança, formó parte de la Agenda Realengo 2030 y del programa Youth Climate Negotiators.