Nos vimos obligados a abandonar nuestro hogar en Venezuela después de que simpatizantes del gobierno intentaran asesinar a mi madre. Interrumpí mis estudios universitarios y viajé a Alemania, donde busqué refugio.
Estaba decidido a seguir estudiando, convencido de que así saldría adelante. Pero el sistema alemán ponía muchas trabas para que alguien como yo pudiera estudiar.
Mi título de secundaria venezolano no era equivalente al alemán. Solo podía acceder a la universidad si cursaba un año preparatorio, para lo cual debía aprobar un competitivo examen de ingreso.
El día del examen, hice fila junto a decenas de estudiantes no europeos. Otro venezolano allí había estudiado en el Colegio Humboldt, una de las instituciones más elitistas de Caracas. A nuestro alrededor había estudiantes de Líbano, China, Nigeria y Brasil: egresados de colegios internacionales, con dominio del alemán y el inglés, preparados para circular globalmente.
Yo no logré entrar al curso preparatorio. Había muy pocos cupos disponibles, y se los otorgaron a quienes habían tenido acceso a la mejor educación en sus países de origen. Lo que más me impactó no fue el rechazo, sino darme cuenta de que los mismos sistemas desiguales que había visto en América Latina también estaban presentes en Europa.
En sistemas competitivos, las distinciones sociales se reproducen incluso entre grupos de migrantes
Aprendí que la meritocracia tiene prerrequisitos: educación de élite, dominio lingüístico y cultural, el tipo correcto de pasaporte. Quienes carecíamos de ese capital éramos rechazados de entrada, impedidos de continuar nuestros estudios, pero redirigidos a trabajos de baja remuneración.
Conseguí un empleo en una panificadora industrial, empacando pan. Contratado a través de una agencia subcontratista, trabajaba en turnos antes del amanecer. Muchos compañeros eran refugiados sirios con barreras lingüísticas similares. Nos rotaban constantemente, sin contratos permanentes, sin beneficios, sin estabilidad.
Nuestra presencia causaba tensión entre el personal fijo. Muchos de ellos también eran migrantes y parecían pensar que representábamos una amenaza a su relativa seguridad. Esta microjerarquía me mostró que, en sistemas competitivos, las distinciones sociales se reproducen incluso entre grupos de migrantes.
El mercado laboral alemán, como su sistema educativo, clasifica a los migrantes según sus recursos acumulados: títulos, acento, color de piel y estatus legal. Para la panificadora, no éramos estudiantes ni refugiados. Éramos mano de obra barata. Pero la propia fuerza laboral se había ordenado en una jerarquía clara.
No basta con trabajar duro
Dos años después, encontré una salida. El Bard College Berlin (BCB), una universidad estadounidense que ofrecía cursos en inglés y becas, aceptó mi diploma venezolano. Como parte de mi solicitud al programa de artes liberales – centrado en las humanidades y las ciencias sociales – envié relatos breves sobre mi vida como inmigrante en Alemania. Mi dominio del inglés y mis intereses literarios – formas de capital cultural moldeadas por mi crianza de clase media – finalmente fueron visibilizados. El BCB me ofreció una vía para sortear la barrera que hasta entonces me había mantenido fuera.
BCB es una grieta fantástica en un sistema cerrado, que reconoce formas de valor que otras instituciones alemanas ignoran. Por primera vez en años, tuve tiempo para pensar, leer y escribir. Fue un punto de inflexión para mí. Pero también me mostró que la migración no trata solo de movilidad, sino también de clase y posición social. La movilidad por sí sola significa poco sin oportunidades de seguridad y progreso.
La migración laboral puede exacerbar la desigualdad
La gente piensa que la migración laboral es una forma de superar las jerarquías sociales (o de eludirlas, según la perspectiva política). Pero la migración laboral puede magnificar esas divisiones, exacerbando, en lugar de reducir, la desigualdad. Quienes cuentan con recursos culturales y económicos para navegar jerarquías globales avanzan; los demás se estancan. Lo viví durante mis primeros dos años en Alemania, y veo los mismos patrones en mi investigación con migrantes venezolanos en Estados Unidos.
Desde que comenzó la crisis política y económica de Venezuela en 2014, más de 7,9 millones de personas han huido, la mayoría hacia países de América Latina y el Caribe. Pero no todos han experimentado su exilio de la misma manera.
Algunos poseen capital convertible, como competencia cultural (por ejemplo, dominio lingüístico, socialización y vestimenta adecuada), además de piel clara, redes profesionales y experiencia transferible. Estos migrantes tienen mayores probabilidades de ingresar a países como Estados Unidos y de encontrar trabajo y vivienda estables una vez allí. Otros se ven obligados a cruzar el Tapón del Darién, en la frontera entre Colombia y Panamá, una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. Esperan durante meses en refugios precarios, negocian con coyotes (traficantes de personas) en condiciones peligrosas e inestables, y venden su fuerza de trabajo en mercados informales.
Conocí a Cindy** en Nueva York. Es una venezolana que cruzó la selva, llegó sin papeles y, al no encontrar otro trabajo, recurrió al trabajo sexual para mantener a sus hijos. Me contó que lloró después de atender a su primer cliente, pero continuó porque necesitaba sobrevivir. Ahora vive en Queens, ha ahorrado lo suficiente para traer a otros familiares a Estados Unidos y ha comprado una casa en Venezuela.
William**, otro entrevistado, solía vender café frente a su refugio de migrantes en Randall’s Island, Nueva York. En seis meses, ahorró lo suficiente para salir del refugio y alquilar una habitación en el Bronx. Los ingresos del puesto de café no son altos, pero William todavía puede ahorrar. Planea regresar a Venezuela algún día y abrir su propia cafetería.
Las historias de Cindy y William no son únicas. Como muchos otros, están atrapados en regímenes laborales precarios en el Norte Global. Pero también están acumulando capital económico y simbólico que antes les era inalcanzable en Venezuela. Desafían las expectativas socioeconómicas a través de la migración, no escapando de la explotación laboral, sino soportándola el tiempo suficiente para transformar su estatus en su país de origen.
En la sociedad venezolana, donde rara vez se imagina a las personas pobres y racializadas como empleadores o propietarios, regresar con ropa de marca y dólares para abrir un negocio o comprar una casa les otorga una forma de realineación de clase. Pero esas ganancias se construyen sobre la invisibilidad, la precariedad y la explotación en el extranjero. Y no desmantelan las estructuras globales que hicieron sus vidas desechables desde el principio.
Lo que el “éxito” oculta
Las historias de Cindy y William no muestran el poder de la migración para redistribuir oportunidades. Muestran cómo la migración profundiza las divisiones globales del trabajo. Las élites – migrantes o no – prosperan. Mientras tanto, las personas pobres y racializadas, como muchos de mis compañeros de la panificadora, migran de un sistema explotador a otro, pero esta vez con el peso añadido de la vigilancia, el racismo, la posibilidad de ser deportado y la incertidumbre.
Para algunos, esto puede generar movilidad ascendente al regresar a casa. Pero ese “éxito”, por real que sea, depende primero de aceptar la explotación y la condición de ser desechable en el extranjero.
Tuve la suerte de encontrar una salida. Finalmente obtuve credenciales, luego reconocimiento, y después acceso al sistema. Mi historia podría leerse como una narrativa de escape de estos regímenes globales de producción de mano de obra barata – una prueba de que la migración es un mecanismo global de ascenso –. Pero en realidad es una historia de privilegio de clase y racial.
Pude eludir los sistemas de extracción laboral no solo gracias a mi esfuerzo, sino gracias al capital cultural y al color de piel que mi clase me otorgaban. No tenía por qué ser así. Muchos de los otros migrantes que trabajaron conmigo en la fábrica siguen empacando pan.
He aprendido que la migración no representa una ruptura respecto a la desigualdad y la explotación del país de origen. Es una reorganización global moldeada por las fronteras, la raza, la clase, las vulnerabilidades y las relaciones laborales: dinámicas que nos afectan en casa y nos siguen en el extranjero.
Para comprender la migración laboral hoy, debemos preguntarnos no solo quién cruza las fronteras, sino quién tiene permitido salir de los sistemas globales de trabajo barato y desechable, y quién se queda atrapado ahí dentro.
* Uso “migrante” para referirme a personas que se trasladan a otro país por cualquier motivo. Uso “refugiado” para quienes reciben protección formal de un Estado anfitrión porque su vida o libertad corren peligro en su país de origen debido a la guerra o persecución política.
** Los nombres fueron cambiados para proteger sus identidades.