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Diario de Gaza: Así arriesgo mi vida para alimentar a mi familia

Cada mañana, cuando salgo al mar, sé que quizás no regrese. Pero, ¿qué opción tengo?

Diario de Gaza: Así arriesgo mi vida para alimentar a mi familia
Antes de la guerra, Hassan era un estudiante universitario. Ahora se arriesga a morir cada día para llevar alimento a su familia - Fotografía suministrada por el autor
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Son las 7 de la mañana. Suena la alarma y me preparo, como solía hacer en los días en que tomaba una taza de té de menta y comía un sándwich de falafel antes de ir a la universidad con mis amigos.

Ahora, la alarma me indica que es hora de volver al mar. En medio de la hambruna mortal que azota Gaza, la supervivencia ha sustituido a los estudios. He pasado de ser un estudiante de traductorado de inglés que perseguía sus sueños a ser un pescador que intenta desesperadamente alimentar a su familia.

Desde hace casi un mes, me levanto a diario y me dirijo al mar. Me expongo a un grave peligro: el ejército israelí declaró las aguas de Gaza ‘zona prohibida’ a principios de este año, por lo que está prohibido pescar, bañarse o nadar y cualquier otra actividad en el mar.

Pero no tengo opción. La hambruna, que la ONU confirmó oficialmente en agosto, ha empeorado drásticamente desde que la ocupación israelí se instaló con mayor brutalidad a mediados de marzo, tras un alto el fuego de dos meses. Soy el único hijo adulto, mis padres y mis tres hermanos menores dependen de mí para alimentarse.

Cuando se anunció la pausa en los combates en enero, regresé a mi hogar por primera vez en nueve meses. Al comienzo de la guerra, mi mayor temor era ser desplazado. A principios de este año, ya había sucedido cinco veces.

Encontré mi hogar reducido a cenizas. Ya no reconocía mi calle ni mi ciudad. Ese fue el peor momento de mi vida.

Durante el alto el fuego, las cosas empezaron a mejorar un poco. Mi familia – mis padres, mis hermanos, Malak, Mohammed y Alaa – y yo habíamos pasado nueve meses viviendo en una tienda de campaña, pero ahora podíamos mudarnos con un familiar que vivía cerca de nuestra casa.

Poco a poco, empezamos a reconstruirnos mental y físicamente. Seguí volviendo cada día a las ruinas de nuestra casa para salvar lo que pudiera. La vida empezó a volver: los mercados reabrieron, algunos productos volvieron a estar disponibles, la gente se reunía sin miedo a los bombardeos y yo por fin podía dormir sin el ruido constante de los drones.

Esperaba con impaciencia que se abrieran los pasos fronterizos para poder viajar y perseguir nuestros sueños.

Mis estudios universitarios habían estado suspendidos durante dos años, mientras que la educación escolar de mis hermanos menores llevaba tres años en suspenso, desde antes de que comenzara la guerra.

Entonces, volvió el genocidio. Desde entonces, ninguna zona de Gaza ha sido segura. La situación es mucho peor que antes, con intensos bombardeos, disparos, desplazamientos y asesinatos en todas partes. Nos hemos visto obligados a evacuar por sexta vez, dejando la casa de mi familiar y volviendo a la misma tienda de campaña.

Al reanudar sus ataques, Israel también impuso un bloqueo a los camiones de ayuda humanitaria. Los alimentos escasearon, los precios se dispararon y la hambruna se profundizó en los dos meses siguientes.

Finalmente, la Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), respaldada por Estados Unidos e Israel, se hizo cargo de la distribución de alimentos. Presentada como ayuda, la asistencia se convirtió en una trampa mortal. Los centros de distribución se encontraban en zonas de las que se nos había ordenado evacuar, y decenas de personas murieron o resultaron heridas al intentar llegar a ellos.

El caos se extendió por Gaza y los precios alcanzaron máximos históricos. A medida que la situación ha empeorado y los recursos se han vuelto más escasos, mi familia, como la mayoría de las familias gazatíes, a menudo solo tiene una comida al día: un trozo de pan y una taza de té.

Pero incluso estos alimentos son escasos. Las familias recurren a alternativas: hacen ‘pan’ con pasta triturada o lentejas en lugar de harina, y ‘café’ con garbanzos tostados y molidos. El azúcar es ahora un lujo que cuesta más de 100 dólares, por lo que la gente utiliza jarabe de maíz con alto contenido en fructosa, a pesar de sus riesgos para los niños y las personas con enfermedades crónicas.

Ya no comemos por placer, sino para sobrevivir.

El trueque también se ha convertido en algo esencial debido a la dificultad de obtener dinero en efectivo de los bancos y a las elevadas comisiones por cada retiro. La gente intercambia lo que tiene, pero muchos tienen poco que ofrecer. Recuerdo que intenté cambiar una pequeña báscula eléctrica por harina o arroz en una página de trueque en línea. Al final, conseguí cuatro kilos de pasta, lo único que había disponible en ese momento.

El 1 de agosto de 2025, ya no nos quedaba pan en la tienda. Tenía 200 shekels (unos 60 dólares) en mi cuenta bancaria, pero cuando fui a un vendedor de efectivo, solo pude retirar 100 debido a las comisiones. Llevé el dinero a un centro de ayuda de GHF, con la esperanza de comprar algo para alimentar a mi familia.

Después de caminar hasta el centro con el estómago vacío y bajo un sol abrasador, me desmayé al llegar. Cuando recuperé la conciencia unos minutos más tarde, me di cuenta de que me habían robado los 100 shekels. Ese momento fue aún peor que la primera vez que me desplacé o cuando me di cuenta de que mi casa había sido bombardeada.

Entonces supe que el hambre era más dura que cualquier otra cosa que hubiera soportado. Mientras caminaba de regreso a la tienda, me sentí abrumado por la desesperación, sin saber cómo iba a volver con mi familia con las manos vacías. Me ardían los ojos y me costaba respirar, como si el dolor me ahogara. Decidí sentarme un rato junto al mar, sin saber qué decirle a mi familia.

De pie en la orilla, vi acercarse un bote. Dos pescadores, desgastados y débiles como sombras, luchaban por arrastrarlo hasta la orilla. Los llamé y me acerqué para ayudarles. De repente, me oí preguntarles si podía convertirme en pescador con ellos.

“¿Sabes manejar una caña de pescar?”, me preguntaron. No sabía, pero les dije que sabía nadar y que les ayudaría en todo lo que pudiera a cambio de parte de su captura para alimentar a mi familia.

Me dijeron: “Salimos justo después del amanecer y regresamos alrededor del mediodía, normalmente con las manos vacías. A veces capturamos tortugas para comer. Hay muchos peligros; los barcos son atacados, algunos pescadores son capturados y nos disparan al azar a diario”.

Recordé haber visto un video de un joven que fue blanco de un ataque israelí mientras estaba en el mar. Pero, ¿qué opción tenía? “Iré con ustedes”, dije sin dudarlo. Me dijeron que volviera temprano a la mañana siguiente.

Cuando regresé a la tienda, mi familia se sorprendió por mi aspecto cansado. Les conté todo y mi madre lloró sin darse cuenta. Bebí un poco de agua e intenté descansar, pero finalmente me quedé dormido con hambre.

Al día siguiente, sonó la alarma, mi vieja alarma de la universidad. No la apagué de inmediato, quería soñar un poco con mi vida pasada: mi universidad, el autobús, la cafetería, las charlas de mis amigos, mis sueños desvanecidos.

“¡Hassan, despierta! ¡La alarma está sonando!”. La voz de mi hermano Mohammed me despertó. Volví a estar en la pesadilla de la que no puedo escapar.

Desde entonces, todos los días he salido al mar, a pesar de sus peligros, he echado mi red de pesca y mi sedal, y he esperado volver con comida para mi familia hambrienta. A veces trabajo muchas horas bajo el sol implacable y otras veces en el frío de la madrugada, cuando no hay vida a mi alrededor.

Sé muy bien que algún día podría no volver nunca. A principios de este año, la ONU informó que la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos había documentado múltiples casos de pescadores que “eran atacados generalmente sin previo aviso, mientras pescaban en botes de remos que no representaban ninguna amenaza discernible para la fuerza naval israelí, con el resultado de heridas o muertes”.

Pero a pesar de todos mis temores, salgo al mar y me aferro a la esperanza de un mañana mejor.

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