Si el mundo logra sobrevivir la próxima década en un estado tolerable de bienestar global, miraremos al segundo mandato de Trump con una mezcla de alivio e incredulidad: alivio por haber sobrevivido e incredulidad ante la conducta de Donald Trump.
¿Cómo llegamos a tener a un hombre con el dedo en el botón nuclear amenazando con invadir y ocupar parte del territorio de un Estado miembro de la OTAN? No solo eso: Trump sostiene que su deseo de que Estados Unidos tenga un “control completo y total de Groenlandia” – un territorio semiautónomo danés – se disparó por el comportamiento, según él artero, del pueblo noruego al negarle lo que considera que le corresponde: el Premio Nobel de la Paz.
(Como ha señalado el primer ministro de Noruega, el gobierno no decide quién recibe el Nobel de la Paz).
Trump ha sido descrito como narcisista, solipsista y, con menos frecuencia, como pronoide. Esta última – la creencia de que las personas o el mundo conspiran para ayudarte, lo contrario de la paranoia – puede ser la que más se acerque a la verdad. Trump parece creer de manera irracional que todos ven el mundo como él.
Lo peligroso en su caso es que también considera que cualquiera que cuestione su infalibilidad constituye una amenaza profunda para su mundo y debe ser tratado en consecuencia. Esto conduce a que el individuo más poderoso del planeta se comporte como un niño caprichoso que tira sus juguetes fuera del cochecito.
Conviene señalar que mientras los líderes europeos hablaban en Davos con ligereza de un “nuevo colonialismo”, olvidaban convenientemente su propia condición de potencias coloniales y sus victorias – y derrotas finales – en decenas de guerras coloniales. Estados Unidos también tiene su propia historia colonial e imperialista, en particular su cuerpo de marines y sus muchas décadas de control violento de América Latina. No en vano el general de división de los marines Smedley Butler describió su papel, tras retirarse en 1935, como el de un gánster al servicio del capitalismo.
En cuanto al presente, tenemos el uso global de la guerra económica por parte de Trump, con resultados decididamente dispares. En lo más profundo de la Heritage Foundation – la organización detrás del proyecto Project 2025, el plan para el segundo mandato de Trump – y en otros ámbitos del trumpismo, sin duda se reconoce que la guerra económica no hará que Estados Unidos “vuelva a ser grande”, dado el rápido crecimiento del poder económico de China.
Y aunque la pronoia de Trump pueda hacerlo inconsciente del drástico descenso de su popularidad interna – las encuestas sugieren que su índice de aprobación se sitúa en el 36%, frente al 47% cuando asumió el cargo hace un año –, sus aliados en la trastienda política son plenamente conscientes de ello. Con las elecciones de mitad de mandato previstas para noviembre, esto podría representar un serio problema para el conjunto del proyecto MAGA.
Para ellos, por tanto, resulta más lógico aumentar la posición global de Estados Unidos mediante el poder militar: un par de guerras oportunas para centrar la atención de la opinión pública estadounidense y desviar el foco.
Ya estamos en camino de lograr ese objetivo. Trump ha presentado un plan para incrementar el gasto militar en la asombrosa cifra de 1,5 billones de dólares para el próximo año y, solo en el último mes, hemos visto repetidos ataques aéreos estadounidenses en Nigeria, Siria y Somalia, así como múltiples ataques y hundimientos de pequeñas embarcaciones en el Pacífico oriental y el sur del Caribe.
Todo ello, por supuesto, ha quedado eclipsado por la operación para establecer un vasallaje con el régimen de Venezuela, incluido el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
Todo esto puede parecer muy alejado de que un presidente estadounidense entre en confrontación directa con un “aliado”, pero también existe un precedente. Eisenhower utilizó el poder del dólar estadounidense para obligar al Reino Unido y a Francia a poner fin a su embarazosa aventura de Suez en 1956, y Ronald Reagan enfureció a Margaret Thatcher al acabar con el régimen de izquierdas en Granada, un país de la Commonwealth, en 1983.
Lo que resulta llamativo, sin embargo, es la absoluta franqueza de la era Trump. Su enfoque geopolítico “a cara descubierta” se está convirtiendo en su sello distintivo y, al menos, nos ofrece alguna advertencia de lo que podría venir a continuación.
Tomemos el caso de Cuba, un Estado sometido a severas sanciones estadounidenses desde hace décadas, pero que actualmente presenta una vulnerabilidad particular: su dependencia del petróleo venezolano. Tras haber tomado el control de las exportaciones petroleras de Venezuela, Trump ha advertido a Cuba que sus suministros serán cortados y de que debe “llegar a un acuerdo [con Estados Unidos], ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE”.
Luego está Irán. En la última semana la Casa Blanca ha insistido en que todas las opciones están sobre la mesa para una acción militar contra el país si continúan las muertes de manifestantes antigubernamentales. Y este miércoles Trump dio una muestra de ello: en su red social Truth Social anunció el envío de una gran flota hacia la región, encabezada por el grupo de combate del portaaviones USS Abraham Lincoln. “Al igual que en el caso de Venezuela, está preparada, dispuesta y en condiciones de cumplir rápidamente su misión, con velocidad y violencia si fuese necesario (...) El tiempo se está acabando”, advirtió.
El Pentágono desea mantener al menos un grupo de portaaviones de combate estacionado en Oriente Medio en todo momento, además de los 30.000 soldados estadounidenses ya desplegados en la zona.
Esto, a pesar de que Egipto, Omán, Arabia Saudí y Qatar están trabajando para desescalar las tensiones, advirtiendo de que otro ataque estadounidense, por mucho que responda al deseo del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, podría tener consecuencias regionales peligrosas.
Pero ni siquiera eso parece suficiente para la actual administración, dada su preferencia por contar con una fuerza abrumadora preparada para cualquier operación exterior. Por eso, un segundo grupo de portaaviones parece estar en camino. El portaaviones USS George H. W. Bush salió de su puerto base en la costa atlántica de Estados Unidos la semana pasada, con toda probabilidad también rumbo a Oriente Medio.
Hay dos indicadores más de una temporada problemática. Uno es que la revista interna del Pentágono, Stars and Stripes, informa de que la base aérea de Pituffik, en el noroeste de Groenlandia, está siendo modernizada en el marco de un programa de construcción de 25 millones de dólares. ¿Es el momento de ese anuncio una simple coincidencia? Tal vez sí, tal vez no. Mientras tanto, el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, anunció esta semana que han comenzado los contactos a nivel técnico entre el gobierno de su país, el de Dinamarca y el de Groenlandia para intentar encontrar una solución a la demanda de Trump.
El otro indicador es puramente interno. Según un informe publicado esta semana en Military Times, tropas de la 11.ª División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos “están en alerta para desplegarse en Minnesota en caso de que el presidente Donald Trump invoque la Ley de Insurrección, una norma del siglo XIX poco utilizada que le permitiría emplear tropas en activo como fuerzas del orden”.
Dicho sin rodeos, el gobierno de Estados Unidos se está colocando en posición de librar más guerras en el extranjero mientras aplasta la disidencia en casa.
En los próximos meses, mucho dependerá del alcance de la oposición interna y de si esta llega a ser suficiente para frenar los peligrosos excesos de la Casa Blanca de Trump. De no ser así, los meses que faltan hasta las elecciones legislativas de mitad de mandato probablemente serán un periodo de riesgo añadido.
*Este artículo fue editado en su versión en español para incorporar los más recientes acontecimientos.