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La expansión de los BRICS y el exclusivismo occidental

Para muchos, el grupo se está convirtiendo en un frente antioccidental. Pero el rol del Norte Global no puede ser ignorado

Ebrahim Raisi y Luiz Inácio Lula da Silva se dan la mano
Irán se integrará a los BRICS a partir de enero, junto con Argentina, Egipto, Etiopía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos
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Durante años, poco se habló de los BRICS. Frente a los efectos de la crisis financiera de 2008-09, sus integrantes – Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica – dejaron al grupo en segundo plano. Y allí permaneció hasta el 2022, cuando Argentina e Irán solicitaron su adhesión al grupo liderado por China.

Desde entonces, los BRICS han vuelto a los titulares. En la cumbre realizada entre 22 y el 24 de agosto en Johannesburgo, no solo se oficializó la adhesión de los dos países, sino también las de Egipto, Etiopía, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que entrará en vigor en enero. De esa manera, los BRICS ahora representan el 46% de la población mundial y el 36% del PIB, aunque los nuevos miembros no agregan mucho en ese sentido.

De hecho, lo que los nuevos integrantes ponen sobre la mesa es peso político más que económico, cambiando así el objetivo inicial del grupo, que buscaba oportunidades de inversión más allá de las potencias hegemónicas.

El exclusivismo occidental

Para muchos, los BRICS se están convirtiendo en un club de líderes autoritarios. De los 6 nuevos países, solo uno, Argentina, es una democracia liberal. Para muchos otros, se está convirtiendo en un frente antioccidental. Aunque ambas percepciones pueden aplicarse, los BRICS, en primer lugar, son una consecuencia del exclusivismo de las potencias tradicionales.

Desde que se establecieron como los líderes del orden mundial luego de vencer la Primera Guerra Mundial, el grupo ha incluido a solo dos integrantes: Canadá y Alemania. Aunque Rusia se incorporó al G7 en 1997, fue expulsada en 2014 tras la anexión de Crimea, por lo que se puede decir que el mundo ha sido liderado por las mismas potencias desde hace más de un siglo. No hay contexto internacional que se mantenga estático por más de una década, quien dirá diez.

Gran parte del problema es estructural. Las instituciones instauradas como resultado de las dos guerras mundiales fueron diseñadas para concentrar el poder en pocas manos. La reluctancia en promover la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU es un ejemplo, una vez que las reglas del juego parten del supuesto que existen cinco Estados con poder suficiente para tener la última palabra y cuestiones de paz y seguridad internacional. Si bien la URSS (ahora Federación Rusa) y China fueron miembros del Consejo con derecho a veto desde el primer momento, la ONU se ha visto más como una organización dominada por las democracias liberales de corte occidental que como una organización verdaderamente global. India, Brasil e Indonesia hace tiempo que reclaman un sitio permanente en la mesa.

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Ante la reluctancia de las potencias occidentales en adaptarse a la nueva realidad, los Estados en la periferia del orden mundial han buscado otras maneras de sentarse a la mesa. Y los BRICS parecen ser la opción elegida, lo que se debe a la creciente influencia de China, y en menor medida de Rusia, frente a las muchas dificultades que atraviesan las potencias occidentales.

El éxito del capitalismo autoritario

No es coincidencia que el retorno de los BRICS se da en el contexto de la guerra en Ucrania. La invasión de Rusia de su vecino dividió al mundo entre los Estados que inmediatamente buscaron aislar a Putin ante la agresión a Ucrania, y los que no. La guerra también puso al descubierto algunos de los puntos débiles del Occidente, particularmente la dependencia energética de Europa en Rusia.

Este escenario puso en evidencia la resistencia de Rusia, que demostró extraordinaria capacidad de soportar la presión de algunas de las sanciones económicas más duras de la historia moderna. Similarmente, China emergió como la potencia vencedora de la pandemia de Covid-19, aunque su política de Covid-19 causó una importante crisis interna.

Los últimos años favorecieron el capitalismo autoritario, lo que ayudó a empoderar a sus pares. Pero no solo. Algunas democracias de la periferia global también vieron una oportunidad de posicionarse en el cambiante escenario geopolítico global.

Más allá de las ideologías

Regionalmente, la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil en las elecciones de octubre de 2022, quien lideró el país durante la concepción de los BRICS, ayudó a impulsar la motivación a nivel nacional.

La eficacia de la foto de los BRICS a la hora de poner en evidencia el debilitamiento paulatino de la hegemonía occidental es evidente. Pero la eficacia económica del grupo está por ver.

Occidente ha intentado persuadir a las democracias de la periferia para que condenen a Rusia basándose en la legalidad internacional amparada en la carta de las Naciones Unidas, esfuerzos que han resultado poco fructíferos. Eso porque muchos de esos países viven con las consecuencias del brutal colonialismo europeo y también porque en las últimas dos décadas se han acercado a Rusia y a China.

Este es el caso de América Latina, donde China ya reemplaza a los Estados Unidos como principal socio comercial en varios países-clave. Al aceptar que no se mencionase la condena a Rusia en el documento final en la reciente cumbre entre la Celac y la UE, los países europeos pusieron en evidencia su intención de recuperar el terreno perdido.

Con los obstáculos a los que se han enfrentado en los últimos años, las grandes potencias occidentales necesitan cada vez más alianzas más allá de su estático círculo de aliados. Y aunque las relaciones comerciales con los países centrales sean muy valiosas, los países de la periferia encontraron en su relación con las potencias autoritarias palanca para negociar y posicionarse favorablemente a sus intereses en el cambiante orden mundial.

Es evidente que China quiere transformar los BRICS en un grupo suficientemente fuerte para ser alternativa al G7. Pero insistir en la denominación “anti-occidente” para atacarlo, a pesar de que la incorporación de Irán al grupo de argumentos, no parece que surtirá efecto en el actual escenario global, uno que demuestra cada vez más la necesidad de participación de continentes históricamente excluidos como América Latina y África.

La eficacia de la foto de los BRICS a la hora de poner en evidencia el debilitamiento paulatino de la hegemonía occidental es evidente. Pero la eficacia económica del grupo está por ver, y el Banco de Desarrollo, un instrumento financiero esencialmente chino, por más que lo presida Dilma Roussef, está muy lejos de alcanzar al Banco Mundial y al FMI.

La foto de los BRICS ampliados el año que viene en la reunión prevista en Kazan, Rusia, como anunció Putin, no será tan cómoda. Los líderes de la India, Brasil e incluso Argentina (ya con la incógnita resuelta del libertario Milei), tendrán que poder su cara más diplomática para salir en la foto junto a un Putin cada vez más aislado y manchado de sangre fresca. La propaganda del Kremlin y de Pekín funciona bien en el sur global, pero es posible que la compleja realidad de un grupo cada vez más heterogéneo acabe estropeando la euforia de la ampliación.

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