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Los gazatíes sufren mientras Netanyahu deposita esperanzas en el voluble presidente de EEUU

El primer ministro israelí se está dando cuenta de que no se puede confiar en Trump, por mucho que diga lo que uno quiere oír

Los gazatíes sufren mientras Netanyahu deposita esperanzas en el voluble presidente de EEUU
Trump dio marcha atrás desde su reunión con Netanyahu el mes pasado

¿Por qué la idea de Donald Trump de convertir Gaza en la Riviera de Medio Oriente fue tan útil para el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu? Para entenderlo, vale la pena echar un vistazo rápido a las primeras etapas de este conflicto centenario.

Israel se convirtió en un estado en 1948, después de lo que los israelíes llaman su Guerra de Independencia y los palestinos llaman Nakba, que en árabe significa “catástrofe”.

Para entonces, los judíos europeos ya llevaban casi medio siglo migrando a Palestina, ayudados por la expansión del sionismo político a finales de la década de 1890, el acuerdo Sykes-Picot de 1916, que otorgó al Reino Unido el control de lo que hoy es el sur de Israel y Palestina tras la desintegración del Imperio Otomano, y la Declaración Balfour del año siguiente, que expresaba el apoyo británico a la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina.

Para los palestinos, ese fue un desastre sin fin que llegó a su punto crucial con la limpieza étnica de la Nakba, cuando más de 700.000 personas fueron obligadas a abandonar sus hogares por la fuerza. Para los judíos israelíes, era una necesidad destinada a garantizarles seguridad total, sobre todo después del Holocausto.

En las numerosas guerras de las décadas siguientes, Israel tomó el control de más territorio palestino, lo que acabó provocando la primera y la segunda Intifada palestinas, entre finales de los años 80 y mediados de los 2000. Después del fin del segundo levantamiento en 2005, los sucesivos gobiernos israelíes creyeron que por fin habían conseguido seguridad a largo plazo, excepto en lo que consideraban el persistente problema de la Franja de Gaza.

¿Por qué consideraban la región tan problemática?

Antes de la Nakba, vivían alrededor de 80.000 palestinos en la Franja de Gaza. Luego la población se disparó con casi 250.000 refugiados que se trasladaron a la zona. La mayoría fueron hacinados en campamentos, mientras Israel mantenía un control cada vez más riguroso de Gaza, que incluyó al menos cuatro guerras importantes entre 2008 y 2021.

Esas guerras costaron a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) alrededor de 400 vidas, pero el costo para los palestinos fue enormemente mayor. Cerca de 5.000 murieron, muchos miles más resultaron heridos y miles de hogares fueron destruidos o dañados por el intenso bombardeo.

Las fronteras terrestres de Gaza con Israel quedaron bajo un estricto control de las FDI, que utilizaron sofisticados sistemas de vigilancia respaldados por el uso inmediato de la fuerza de fuego. El control fue tan completo que los israelíes se sintieron más seguros y, bajo una ocupación tan estricta, sus corporaciones armamentísticas pudieron vender fácilmente muchas de sus armas a regímenes de todo el mundo.

A principios de la década de 2020, Gaza era poco más que una gran prisión a cielo abierto. Pero el gobierno de facto de la franja, controlado por la organización política y paramilitar Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica), se preparaba intensamente para asaltar el sur de Israel. El 7 de octubre de 2023, tomó por sorpresa a las FDI, con el ataque en el que murieron unas 1.200 personas y más de 250 fueron tomadas como rehenes.

El impacto en Israel fue visceral, similar al que se produjo en Estados Unidos inmediatamente después del 11-S, y el gobierno de coalición derechista respondió con una fuerza enorme. El ministro de Defensa describió a Hamás y a sus partidarios como “animales humanos”, mientras que Netanyahu dejó claro que Israel destruiría al movimiento, liberaría a los rehenes y nunca más se vería amenazado por grupos como Hamás.

La guerra de Israel contra Gaza ha continuado durante casi 18 meses, con solo dos breves pausas. Hamás no ha sido destruido y, de hecho, sigue controlando partes de Gaza. Las pérdidas palestinas fueron enormes, con más de 60.000 personas muertas o desaparecidas bajo las ruinas. Gran parte de Gaza fue destruida por armas con un tonelaje total superior a seis bombas atómicas del tamaño de las de Hiroshima.

Con el fracaso de la Doctrina Dahiya de las FDI – que postula el uso de la fuerza masiva contra toda una población – para desalojar a Hamás, la política cambió para ampliar la guerra por tres vías.

Las dos primeras implican establecer una presencia israelí permanente en el sur del Líbano y una nueva presencia a largo plazo en Siria, ambas aparentemente con el objetivo de hacer más seguro a Israel.

El gobierno de Netanyahu ignorar el alto el fuego con el partido y organización armada Hezbolá en el Líbano y mantener sus tropas en cinco lugares del sur del país, al tiempo que amplía su presencia militar en Siria. Con este fin, las FDI bombardearon objetivos militares sirios en todo el país inmediatamente después de la caída del régimen de Bashar Assad en diciembre para limitar el poder de cualquier nuevo régimen, antes de trasladar sus tropas a lo que había sido una zona de amortiguación patrullada por la ONU en el sur y construir bases permanentes en el suroeste de Siria. Israel también exige la desmilitarización de las tres provincias sirias más cercanas a sus fronteras.

La tercera vía implica la expansión de los asentamientos judíos en la Cisjordania palestina ocupada por Israel, mientras se llevan a cabo repetidas incursiones en los campos de refugiados de la zona, especialmente en las ciudades de Yenín y Tulkarem. Las incursiones se han extendido hasta el desalojo de unos 40.000 palestinos y el despliegue de tropas en torno de los campamentos para impedir su regreso.

Este plan, junto con otros actos violentos de los colonos judíos contra ciudades y pueblos palestinos, forma parte de un intento de hacer la vida en Cisjordania ocupada lo más difícil posible para los tres millones de palestinos que viven allí. Israel espera que muchos emigren, inicialmente a Jordania, más allá de lo que el gobierno jordano piense o quiera, y que los que se queden formen una reserva manejable de mano de obra barata para una economía controlada por Israel tanto en Cisjordania como en territorio israelí.

En lo que respecta a Netanyahu, el único problema de este plan es Gaza. Por eso él y sus socios de la coalición de extrema derecha acogieron con tanto agrado la propuesta de Trump de desalojar a los 2,3 millones de palestinos de Gaza sin posibilidad de retorno. El costo para los gazatíes sería espantoso, pero el primer ministro israelí podría presentarlo a su pueblo, junto con las acciones israelíes en el Líbano, Siria y Cisjordania, como una respuesta total al 7 de octubre.

Sin embargo, Trump está dando marcha atrás. En las últimas dos semanas, hubo indicios de este cambio, que se hizo mucho más evidente esta semana durante una reunión entre Trump y Micheál Martin, el taoiseach (jefe de gobierno) de Irlanda. En respuesta a una pregunta en la conferencia de prensa conjunta, Trump dijo: “Nadie está expulsando a ningún palestino de Gaza”.

El presidente de EEUU aún puede cambiar de opinión, como lo hace en tantos temas, pero la mera incertidumbre complica la agenda israelí en este asunto clave.

En todo el mundo, la Casa Blanca empieza a ser vista como poco fiable. Este bien puede ser el comienzo de una crisis de expectativas fallidas con amplias ramificaciones para las políticas estadounidenses internas e internacionales, especialmente para Netanyahu y su gobierno.

Sin el respaldo de Estados Unidos para ninguna otra cosa, lo único que le queda a Netanyahu es hacer la vida imposible a la población de Gaza. De ahí el reciente corte de suministros de ayuda y electricidad, los últimos bombardeos en los que murieron más de 400 personas y la continuidad de políticas específicas como el prolongado asalto a la salud de las mujeres. Todo esto y mucho más continuará con la esperanza de que finalmente un hombre, Donald Trump, cambie de opinión.

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