La decisión del Tribunal Superior Electoral de Brasil de declarar a Jair Bolsonaro inelegible hasta 2030 garantiza que el expresidente de ultraderecha no retornará al poder en las elecciones del 2026. La decisión marca una victoria para las instituciones democráticas tras cuatro años de incesantes intentos de debilitarlas durante su gobierno.
El alejamiento de Bolsonaro del tablero político – que se deriva de acusaciones de abuso de poder político y uso indebido de los medios de comunicación para conspirar contra el sistema electoral brasileño en reunión con embajadores extranjeros acreditados en Brasilia en julio de 2022 – es un golpe duro para el bolsonarismo, pero no saca a la extrema derecha del juego.
Bolsonaro como pieza de la extrema-derecha
El movimiento ultraconservador de Brasil no surge con Bolsonaro. El proceso de polarización del país es antiguo y multifacético, pero gana fuerza en 2013 frente a la insatisfacción generalizada demostrada por la población durante las protestas masivas conocidas como “jornadas de junio”. Las manifestaciones sociales se dieron bajo la presidencia de Dilma Rousseff, representante del Partido de los Trabajadores (PT) que heredó el cargo de su mentor, Luiz Inácio Lula da Silva.
El movimiento conservador sigue bien articulado, pero sigue dependiendo de alguien como Bolsonaro para liderarlo
Luego de dos mandatos de crecimiento económico y social bajo Lula entre 2003 y 2010, que transcurrieron bajo un escenario de prosperidad gracias al boom de las commodities, Rousseff se encuentra con un país más empobrecido cada vez más lleno de ciudadanos descontentos. Este escenario representaba un terreno fértil para la oposición. Rápidamente, a los grupos democráticos que ocupaban las calles se unieron movimientos de derecha que pedían la salida de la presidenta. Así, los conservadores cooptaron las protestas, las tiñeron de verde-amarillo (los colores de la bandera nacional) y fueron ganando fuerza, visibilidad y poder de organización.
En solo tres años, una alianza de fuerzas de derecha y ultraderecha logró derrocar a la presidenta, promoviendo un juicio político que muchos consideran equivalente a un golpe de palacio, o golpe blando. En la esfera política, tenía como referentes a figuras nada carismáticas e impopulares como el expresidente Michel Temer y el expresidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, que para muchos encarnaban la política tradicional y el status quo brasileños.
Ese movimiento, ya claramente organizado y articulado, necesitaba encontrar una figura capaz de conquistar votos apelando a una emocionalidad mobilizadora. Y lo encontró en Jair Mesías Bolsonaro, un exmilitar y diputado federal con 27 años de carrera en el Congreso que, aunque mediocre como congresista, llamaba la atención por su retórica agresiva y polarizadora. Figura poco conocida, Bolsonaro logró galvanizar a mucha gente, aprovechándose de su descontento con un gobierno debilitado por escándalos de corrupción y un ciclo económico negativo, para promover el creciente antipetismo que se enfrentaba al desgaste de 13 años de poder del Partido de los Trabajadores (PT).
El riesgo que representa Bolsonaro
El panorama actual es similar. El movimiento conservador sigue bien articulado, pero sigue dependiendo de alguien como Bolsonaro para liderarlo. Y es aquí donde hoy se plantea su mayor reto. Durante su gestión al frente de Brasil, y en los meses posteriores, Bolsonaro ha acumulado cerca de 600 demandas judiciales, que incluyen casos graves que tienen una alta probabilidad de terminar con la detención y condena del expresidente.
Mantener a Bolsonaro como líder del movimiento significa correr el riesgo de verlo detenido en las vísperas de las elecciones del 2026
Bolsonaro se ha convertido en una figura de alto riesgo y toxicidad para las aspiraciones de la extrema-derecha. Mantener a Bolsonaro en su papel de líder del movimiento significa correr el riesgo de verlo detenido por alguno de sus muchos supuestos crímenes en las vísperas de las elecciones del 2026, lo que podría favorecer al candidato rival – que fue lo que sucedió en 2018, cuando el juez estrella y aliado de Bolsonaro, Sergio Moro, ordenó la detención de Lula a pocos meses de los comicios.
Para la extrema derecha, que sigue contando con un fuerte apoyo en Brasil a pesar de la derrota de Bolsonaro frente a Lula en las elecciones de octubre 2022, parece menos arriesgado dejarlo a un lado que mantenerlo como líder, aunque el movimiento esté fuertemente vinculado a él. La inhabilitación de Bolsonaro el 30 de junio fue posible gracias a los testimonios de tres de sus aliados, además de documentos producidos por su propio gobierno.
Tener a Bolsonaro inhabilitado por sembrar dudas con relación a las urnas electrónicas, usadas con todas garantías en Brasil desde hace 25 años, también podría ser el menor de los males. Ante las elecciones presidenciales de octubre de 2022, 36% de los brasileños desconfiaban del sistema electrónico de conteo de votos, aunque Brasil nunca haya registrado ningún fraude. Así, la inhabilitación de Bolsonaro tiene el potencial de transformarlo en un mártir, víctima del polarizador poder judicial que el expresidente consistentemente atacó y acusó de parcialidad durante su presidencia y que prometía cambiar si ganaba las elecciones, instaurando una mayoría conservadora.
Cerca de 45% de los brasileños no confían en el Supremo Tribunal Federal, la mayoría de los cuales son partidarios de Bolsonaro, según una encuesta de enero de este año. La exclusión de Bolsonaro de las elecciones de 2026 puede ser interpretada por casi la mitad de la población que votó por él en 2022 como una maniobra política y un abuso de poder del judicial.
De hecho, tras el resultado de los comicios de 2022, algunos aliados de Bolsonaro ya defendían la idea de dejarlo fuera de las elecciones de 2026, prefiriendo que asumiera un rol de influencer de la extrema derecha.
Los posibles herederos políticos de Bolsonaro
Su inhabilitación puede propiciar ese papel y fortalecer las candidaturas de figuras asociadas a él, como su mujer, Michelle Bolsonaro, que el pasado marzo obtuvo un cargo relevante dentro del PL, ex partido de su marido. Michelle es una figura popular dentro de los círculos evangélicos, uno de los pilares del movimiento de extrema-derecha en Brasil
Sin embargo, muchos de los aliados de Bolsonaro han manifestado su preferencia por otros nombres, como el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, o el gobernador de Minas Gerais, Romeu Zema – ambos aliados de Bolsonaro. Tarcísio, en particular, demuestra tener potencial para encabezar el movimiento, una vez que es líder en popularidad digital entre todos los 27 gobernadores del país. Zuma es el tercero más popular. Tarcísio incluso supera a Lula en algunas encuestas sobre aprobación de los dos políticos.
Las fuerzas evangélicas sugieren una posible alianza entre Tarcísio y Michelle para 2026, combinando así dos caras diferentes del bolsonarismo. “Por supuesto, apoyo la candidatura de Michelle. Si estoy fuera del juego político, seré un buen valedor electoral suyo”, afirmó Bolsonaro sobre una posible candidatura de su mujer, antes de conocer la decisión del TSE.
La inhabilitación de Bolsonaro es una victoria para la democracia y las instituciones brasileñas, que mostraron su capacidad de resistencia en los últimos años. Es también un mensaje claro para las crecientes fuerzas antidemocráticas del país que creían estar por encima de la ley. Pero Bolsonaro solo es uno de los exponentes de la ultraderecha, que ha creado raíces profundas en la sociedad y ha fragmentado la población. Sacar a Bolsonaro del juego es solo parte de la solución.