Tras el demoledor fallo de los servicios de inteligencia israelíes a la hora de prever el fulminante asalto de Hamás el pasado fin de semana, muchos israelíes describen la enorme pérdida de vidas como "el 11-S de Israel".
Aunque, en realidad, los dos acontecimientos no pueden compararse, dado que el ataque a Israel procedió de un país que ha ocupado y al que ha infligido un mortal y brutal régimen de apartheid durante muchas décadas, el asalto de Hamás ha tenido un impacto visceral similar.
La pérdida de vidas humanas en Israel es casi diez veces mayor que en Estados Unidos en 2001, en relación con el tamaño de la población. Y ello a pesar de que los sucesivos gobiernos israelíes han gastado enormes sumas de dinero en el ejército, dando prioridad a la seguridad de la población judía. Los especialistas en seguridad de todo el mundo veían a Israel como uno de los Estados punteros en cuanto a tácticas de defensa y equipamiento para controlar a los pueblos disidentes.
Esa reputación está ahora por los suelos en un momento en que Israel tiene el gobierno ultranacionalista más duro de sus 75 años de historia, encabezado por Benjamín Netanyahu, un superviviente político de mil batallas.
La respuesta de Israel a Hamás ha sido el uso extremo de la fuerza. Su ministro de Defensa ha descrito a los seguidores de Hamás como "animales humanos" y ha sellado la frontera con Gaza, poniendo a 2,3 millones de personas bajo asedio, sin acceso a alimentos, agua ni electricidad.
Tras el 11-S, openDemocracy fue uno de los pocos sitios que defendió que Estados Unidos no debía precipitarse a la guerra. Como escribí en mi primera columna en este medio, hace 22 años: "El grupo responsable de los atentados ha llevado a cabo una planificación detallada durante muchos meses y cuenta con un número considerable de seguidores con total dedicación a sus objetivos.
"Un aspecto central de la situación actual es que el grupo responsable de los atentados necesita una fuerte contra-reacción estadounidense. De hecho, esto debería reconocerse como una de las principales motivaciones de los atentados."
Efectivamente, Estados Unidos tomó medidas de este tipo, primero en Afganistán y dos años después en Irak, y pareció funcionar. Los talibanes fueron derrotados en apenas dos meses a finales de 2001, y 18 meses después las tropas estadounidenses llegaron a la capital iraquí, Bagdad, en apenas tres semanas.
Pero la eficacia de las medidas no duró y se produjeron múltiples guerras: mataron a unas 940.000 personas -muchas de ellas civiles-, mutilaron de por vida a cientos de miles más y desplazaron a 38 millones de personas. Más de tres millones han muerto prematuramente por los efectos indirectos de las guerras posteriores al 11-S, que han costado unos 8.000 millones de dólares.
Además, Irak y Libia siguen siendo extremadamente inestables, mientras que Al Qaeda, el ISIS y otros grupos afines actúan en el norte y el este de África, Oriente Próximo y el sur de Asia y, por encima de todo, los talibanes han retomado el control de Afganistán, con todo lo que ello significa para la pérdida de derechos humanos, especialmente para las mujeres.
¿Tiene esto alguna relación con lo que está ocurriendo ahora en Israel? La dura respuesta es: probablemente sí. Desde la perspectiva de Netanyahu, no ve otra alternativa que lanzar un contraataque; cualquier gobierno electo, por no hablar de su gobierno de extrema derecha, tendría muchas dificultades para mantenerse en el poder si no respondiera a un ataque de este tipo con gran contundencia .
Si no hay un alto el fuego temprano, asistiremos a la destrucción sistemática de la infraestructura civil de Gaza, a muchos miles de muertos y mutilados, y al riesgo de que la guerra se extienda
Y así, en los próximos días, el Gobierno de Netanyahu -tras haber dicho que desmantelará a Hamás y lo destruirá pedazo a pedazo- organizará una invasión terrestre con muchos miles de tropas respaldadas por la aviación, los drones y la artillería naval.
Pero Hamás ha estado preparando este ataque durante muchos meses y, muy probablemente, años. Las consecuencias para Israel pueden ser de gran impacto tanto a corto como a largo plazo.
Recordemos lo que ocurrió en el último gran enfrentamiento de Israel con Hamás, la Operación Margen Protector, en 2014. La Brigada Golani de élite dirigió un importante ataque terrestre, con el objetivo de destruir las lanzaderas de cohetes y la red de túneles utilizada para infiltrarse en Israel desde Gaza. Los paramilitares de Hamás estaban esperando y contraatacaron con una fuerza inesperada matando, solo el primer día, a 13 soldados de esa Brigadam, e hiriendo a otros 50.
Israel nunca detuvo el lanzamiento de los cohetes de Hamás ni su uso de los túneles, pero en siete semanas de guerra perdió 64 soldados y más de 450 resultaron heridos. Israel respondió con un bombardeo sobre Gaza que causó 2.250 muertos y 10.000 heridos, la mayoría civiles y muchos de ellos niños. Al final se negoció un alto el fuego, Hamás sobrevivió y nueve años después ha vuelto más fuerte.
Luego está el largo plazo. No cabe duda de que algunos dirigentes de Hamás están pensando en un futuro a muchos años vista, si no décadas. La mayoría de los habitantes de Gaza son descendientes de refugiados que huyeron de sus hogares en la Nakba ("catástrofe") de 1948. Para ellos, el conflicto con Israel tiene al menos 75 años, ¿qué es otro cuarto de siglo?
Netanyahu ha declarado que Hamás será eliminada, pero ni él ni su gobierno pueden concebir que Hamás quiera que ocurra precisamente eso. Si no hay un alto el fuego temprano, asistiremos a la destrucción sistemática de la infraestructura civil de Gaza, a muchos miles de muertos y mutilados, y al riesgo de que la guerra se extienda al sur del Líbano y a la Cisjordania ocupada.
Para Hamás, sin embargo, también asistiremos a la radicalización de muchos más miles de jóvenes palestinos en los próximos días, meses y años, sobre todo en Gaza, donde el 45% de la población tiene menos de 15 años.
Las posibilidades de un resultado pacífico pueden ser remotas, pero la alternativa será más años de conflicto. Puede que los pocos políticos occidentales que piden un alto el fuego inmediato reciban improperios en contra una paz rápida, pero tienen razón.