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Ser activista en Cuba sale caro

A pesar de los avances del Código de Familias, aprobado en referéndum, el nuevo Código Penal frustra expectativas de la sociedad civil cubana, incluidos activistas LGBTI.

Ser activista en Cuba sale caro
FB Yoelkis Torres
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"Será mutilante", dice el activista Yoelkis Torres Tápanes. Es el fundador y coordinador general de AfroAtenas, una iniciativa social para transformar su comunidad, por ambicioso que parezca. "Mutilante", repite, bajando la voz, en referencia al nuevo Código Penal que entró en vigor el pasado diciembre.

La ley establece penas de cuatro a diez años para quienes reciban recursos extranjeros para "sufragar actividades contra el Estado cubano y su orden constitucional". Algunos expertos señalan que esto va dirigido especialmente a activistas y periodistas independientes. AfroAtenas cuenta entre sus patrocinadores con la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE), y la embajada de Canadá en Cuba.

En medio de una abrumadora crisis económica, la situación promete empeorar. De hecho, en los últimos meses varios activistas han tenido que abandonar el país como consecuencia de las amenazas y el acoso. Semejante carga deja una huella psicológica e incluso física que le ha llevado a cuestionarse muchas cosas, entre ellas quedarse en la isla.

Yoelkis reconoce sentirse agotado.

No lejos del centro histórico de Matanzas, el barrio de Pueblo Nuevo muestra aún los viejos muros de los antiguos almacenes -hoy convertidos en viviendas- que hace un siglo guardaban las mercancías que llegaban al puerto de la ciudad (a 150 kilómetros de la capital).

AfroAtenas nació aquí, en 2009. El proyecto persigue un amplio espectro de objetivos, desde salvar las tradiciones afrocubanas hasta concienciar sobre la violencia de género y los derechos de las personas LGBTI.

Donde antes había un vertedero que se extendía por varias manzanas, hoy aparece el Callejón de las Tradiciones, un soplo de aire fresco dentro del monótono trazado de esta parte de la ciudad. Hay un escenario para conciertos y bailes, y hay casas. Aquí vive gente. Aunque al principio se mostraban reticentes, a medida que veían las transformaciones fueron creyendo.

"Éramos un grupito de gays" -utiliza la palabra 'pajaritos'- "intentando cambiar las cosas", recuerda Yoelkis. "Convertir el vertedero en un espacio cultural fue lo más loco de todo". Los coloridos grafitis hacen que el lugar resulte atractivo también para el turismo, lo que a su vez ha contribuido a la sostenibilidad económica del proyecto.

Con el tiempo, el trabajo se ha extendido: imparten talleres, cursos, y son habituales las presentaciones de música y danza para niños y ancianos. También asesoran a estudiantes con tesis de grado y posgrado relacionadas con la gestión comunitaria, y en 2020 recibieron el Premio Nacional de Investigación Cultural.

Al principio de la pandemia, asumieron la tarea de llevar alimentos y suministros a las personas vulnerables, incluidas las mujeres trans. Muchas ejercen la prostitución, explica el coordinador de AfroAtenas, y debido a las restricciones de movimiento para evitar el contagio, se habían quedado sin medio de vida.

En cada entrega les dejaban también un libro, para que aprovecharan el tiempo en casa. Luego bromeaban con que les harían pruebas escritas sobre lo que habían leído, como condición para recibir la siguiente bolsa de comida. "Realmente éramos los únicos que nos acordábamos de ellas en aquellos momentos tan difíciles".

Cuando un tornado destruyó cientos de casas en La Habana en 2019, también acudieron a ayudar. La diferencia esta vez fue el virus. A pesar de las medidas de protección, todos enfermaban, salvo Yoelkis.

Aunque el futuro inmediato sigue pareciendo gris, no deja de formular planes, como la construcción en curso de la primera cámara oscura para personas con discapacidad.

Ejercer el activismo en Cuba es una carrera de obstáculos, sobre todo por el lente de sospecha con el que se observa a quienes defienden determinadas causas desde la sociedad civil

A veces no sabe de dónde saca la energía para continuar. Probablemente de la gente que le acompaña. "Saber que no eres el único loco, que hay muchos locos intentando hacer lo mismo en sus contextos... eso te motiva. Y también saber que hay tantas cosas que arreglar en este país".

En efecto, ejercer el activismo en Cuba es una carrera de obstáculos. Por la escasez -la absoluta maldición del día a día-, por la burocracia, pero sobre todo por el lente de sospecha con el que se observa a quienes defienden determinadas causas desde la sociedad civil. "Eso sí pesa sobre todos los activistas y yo no estoy exento de ello", afirma el fundador de AfroAtenas. "Más que una lupa, es como estar bajo un microscopio".

Para él, una de las principales dificultades es lo que denomina la "barrera institucional": el funcionariado que no reconoce sus errores y lagunas. "Es más fácil que ellos te vean como enemigo que como amigo", subraya.

La reticencia hacia los activistas no es nada nuevo. Lo que ocurre con el actual Código Penal es que convierte la actitud hostil en ley.

Yoelkis tiene un máster en Estudios Históricos y Antropológicos. Confiesa que no está satisfecho con nada: siempre le parece que le falta algo y que puede hacerlo mejor. "No sé si es porque soy Tauro, (o) porque soy hijo de Shangó". En la religión yoruba, el orisha Shangó, al que está consagrado, se asocia con el color rojo, el fuego, los tambores... Dicen que sus hijos son alegres y testarudos.

El pasado mes de septiembre se sometió a referéndum el Código de las Familias que, una vez aprobado, estableció el matrimonio igualitario en Cuba. Mientras el proyecto de ley se debatía en todo el país, y hasta el mismo día de la votación, AfroAtenas fue muy activa en la campaña a favor del SÍ.

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Poco más de dos meses después de la entrada en vigor de la nueva legislación, Yoelkis y su novio Israel Fonseca celebraron su boda, con amigos, trajes y fotos de recuerdo. "Casarse, más allá de cerrar un ciclo, sigue siendo un acto de rebeldía", dice. "El hecho de ponerlo en práctica representa seguir fortaleciendo esas luchas".

Con todo y la victoria, la lucha debe continuar. "Todavía hay muchos derechos de la ciudadanía que no están recogidos en el Código de las Familias ni en la Constitución, y hay que convertirlos en ley".

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