Cualquier residente de El Callao, una ciudad minera del estado Bolívar, en el sur de Venezuela, puede cavar un hoyo en el patio de su casa y encontrar oro, algo que está lejos de suceder con el agua potable.
“El agua dulce vale oro aquí y sin el agua no tenemos vida. Algunas veces nos traen un agua mala y los niños y todo el mundo en la casa se siente mal del estómago”, explica Jesús García, un minero de 32 años.
En la mayoría de las casas y negocios de la ciudad hay tuberías por las que debería circular agua potable.

Sin embargo, en algunos poblados de la zona, los grifos están secos desde hace más de 7 años, luego de una falla en el tubo matriz que transportaba el agua del río hasta una planta potabilizadora.
“El Callao (zona central de la ciudad) dejó de tener servicio de agua potable de forma permanente una vez que cerró, hace cinco años, la estación de servicio de Puente Blanco, que era el sistema de acueducto que tenía más de 20 años”, explicó a democraciaAbierta el exdiputado por el estado Bolívar, Américo de Grazia.
Las instalaciones de la planta potabilizadora Puente Blanco, aseguró de Grazia, “fueron saqueadas y actualmente las resguarda la Guardia Nacional, más no prestan ningún servicio de purificación de agua”.

“El precio aumenta en verano. Yo la compro en mi casa todas las semanas, somos cinco y la usamos para beber, cocinar y bañarnos, porque es dulce. Esa agua está sin tratamiento, la tomamos así. En ocasiones eso nos hace daño”, comenta Rodrigo Zamora, un comerciante jubilado de 60 años, cuya identidad fue cambiada por seguridad.
Minería y Mercurio
Detrás de su casa fluye el río Yuruarí, donde habitualmente hay mineros artesanales que lavan la tierra en envases cóncavos de madera untados con mercurio, una sustancia tóxica prohibida en 2016 por decreto presidencial.
“No tomo agua del río Yuruarí, porque está contaminado, ni los pescados se pueden comer”, acotó.

Las cascadas, pozos y ríos de El Callao están contaminadas por desechos de la minería como plomo, mercurio, magnesio y cianuro, lo mismo ocurre con el agua subterránea, que además es salobre.
“Aquí es más fácil sacar oro que agua dulce, porque el agua es salada, no conozco una sola casa que tenga agua dulce en sus aljibes. En esos pozos profundos que hacemos tampoco tenemos garantía de cómo está el agua, porque no hay donde hacer pruebas, la utilizamos principalmente para bañarnos y limpiar”, dijo Zamora.
Agua de lluvia
Dentro y fuera de las casas es habitual ver tanques azules para almacenar agua, la mayoría con adaptaciones hechas con plástico o láminas de zinc, con el objetivo de direccionar el agua de la lluvia en caso de que haya un aguacero.

“Cuando hay lluvia respiramos, porque tomamos y almacenamos esa agua, porque es más sana que la que traen las cisternas”, afirmó Milanyela Ramírez de 26 años, residente de El Perú, un sector minero de El Callao, donde los pobladores aseguran que carecen del servicio de agua potable desde hace 12 años.
El suelo en este poblado es de tierra. La tala, la apertura constante de hoyos en la tierra y el movimiento de maquinarias cargadas con arena, provocan que las paredes, plantas, autos y la ropa, queden pintadas por un polvillo amarillento.

Los mineros después de una jornada de trabajo suelen quedar cubiertos de lodo, y quienes no cuentan con pozos profundos optan por bañarse o lavar su ropa en pozos de agua estancada, que suele quedar como residuos auríferos.
En los poblados mineros situados en los predios de las calles principales de El Callao, comprar agua potable sellada es imposible. La mayoría de los comercios envasan el agua que compran a las cisternas en botellas de plástico, y un litro de esta agua sin tratar, puede costar 0,50 dólares.

Aunque se carece de cifras oficiales sobre las personas afectadas por el consumo de agua no potabilizada o almacenada indebidamente, en el ambulatorio de la zona, los trabajadores aseguraron que las bacterias gastrointestinales, así como la hepatitis B, son frecuentes entre niños y adultos.
