Después de cuatro años de salvarse por los pelos de condenas penales, Donald Trump está de vuelta en la Casa Blanca. Para muchos observadores fuera de los Estados Unidos, la reelección de un convicto que intentó ilegalmente anular unas elecciones resulta desconcertante.
Pero la segunda victoria de Trump no fue casualidad, ni simplemente el resultado de la interferencia rusa o de votantes “deplorables”. Aunque Trump dejó la política partidaria en 2021, las fuerzas que lo llevaron al poder no lo hicieron. Esta vez, sin embargo, llega al cargo mucho mejor organizado, más fuerte y con una base política más diversa.
Trump tampoco está solo: en todo Occidente, el populismo de derechas está en marcha, mientras que los partidos progresistas siguen en desventaja. En un mundo cada vez más inestable, la creciente ola de la derecha autoritaria plantea enormes desafíos para la economía mundial. Si no se controla, puede poner en peligro la paz, la prosperidad y el planeta.
Para evaluar la amenaza de este populismo y cómo contrarrestarlo, debemos evaluar las condiciones en las cuales Trump asume el poder, así como sus planes para ejercerlo. Como todos los acontecimientos políticos, el dramático regreso de Trump no ha ocurrido en el vacío. Al contrario, debe verse en el contexto de una serie de profundos cambios políticos y económicos que están remodelando el capitalismo occidental.
El primer cambio, y el más significativo, es el surgimiento de una superpotencia económica rival que puede amenazar la supremacía tecnológica que durante mucho tiempo sustentó la hegemonía estadounidense.
El ascenso del dragón rojo
Luego de la entrada de China en el sistema comercial mundial en 2001, muchos economistas occidentales asumieron que el capitalismo de estado chino generaría un crecimiento de recuperación, pero rápidamente perdería impulso. La teoría era que, si bien los sistemas dirigidos por el estado pueden ser eficaces para movilizar rápidamente los recursos existentes, tienen dificultades para impulsar el crecimiento de la productividad y la innovación. Se pensaba que esto, con el tiempo, obligaría a China a abrir su economía y adoptar la democracia liberal.
Sin embargo, los logros de China hasta la fecha muestran que tales pronunciamientos fueron extraordinariamente ingenuos. La democracia liberal no solo no ha llegado a la República Popular, sino que el Partido Comunista Chino (PCCh) desarrolló un modelo económico distinto que sacó de la pobreza a casi 1.000 millones de personas y transformó al país en una de las economías más grandes y dinámicas del mundo.
Irónicamente, fueron los gobiernos occidentales los que tuvieron que adaptarse al modelo chino, y no al revés. En los últimos años, el éxito de China ha obligado a los gobiernos occidentales a alejarse de la ortodoxia del libre mercado y resucitar una política industrial enérgica, que había sido desterrada de las herramientas políticas occidentales desde hacía mucho tiempo.
La importancia del espectacular ascenso chino hasta la victoria de Trump en 2016 no puede exagerarse. En un momento en que la mayoría de los estadounidenses sentían que la economía simplemente no funcionaba, Trump ofreció un diagnóstico claro, aunque falso, de los problemas (China e inmigración) y una estrategia agresiva para afrontarlos, en un momento en que los demócratas no estaban haciendo nada de eso.
El objetivo era enfrentar a China, recuperar puestos de trabajo y poner a “Estados Unidos primero”. Su arma preferida, los aranceles, marcó una ruptura importante con el consenso neoliberal de las últimas décadas. El proteccionismo había vuelto, encabezado por la mayor potencia económica y militar del mundo.
Pero en realidad, la “guerra comercial” de Trump nunca tuvo que ver con el comercio o el empleo. Como escribí en 2020, fue principalmente una respuesta a los temores de Estados Unidos de perder la supremacía tecnológica ante el éxito de la política industrial china. Desde el principio, la “guerra comercial” tuvo menos que ver con el comercio y más con limitar el desarrollo chino y evitar su ascenso como potencia tecnológica rival.
Desde la salida de Trump de la Casa Blanca en 2021, este “retorno del Estado” en las economías occidentales se ha acelerado, impulsado por otras dos fuerzas. La primera, una intensificación global de las políticas para hacer frente a la crisis climática. A medida que un número creciente de países adoptaban objetivos de cero emisiones netas, muchos han promulgado nuevas políticas industriales para tratar de reforzar sus capacidades para competir en las cadenas de suministro ecológicas emergentes.
El segundo factor fue la pandemia de COVID-19, que provocó que los gobiernos intervinieran en las economías a una escala sin precedentes. Para contener las consecuencias económicas, los países occidentales rompieron el manual neoliberal en favor de una planificación estatal generalizada y transferencias en efectivo. Aunque las promesas de “reconstruir mejor” resultaron inevitablemente vacías, muchos gobiernos y empresas actuaron para reforzar las cadenas de suministro nacionales en un intento de abordar la falta crónica de resiliencia que la pandemia puso de manifiesto.
Muy consciente de estos desafíos, en 2021 la administración entrante de Joe Biden trató de romper con el consenso económico de sus predecesores demócratas. Biden no solo mantuvo la mayoría de los aranceles de Trump sobre China, sino que los aumentó. Su administración se embarcó entonces en el experimento de política industrial más significativo de Estados Unidos en décadas.
Los dos pilares clave de la “Bidenomía” – la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) y la Ley Chips – introdujeron grandes subsidios para reforzar la capacidad de fabricación de EEUU y alejarlo de las importaciones chinas. La primera fue una versión significativamente diluida de la agenda inicial de Biden “Reconstruir mejor”, que, además de un ambicioso gasto climático, también proponía miles de millones de dólares adicionales en gasto social en áreas como vivienda, cuidado infantil y atención médica, así como subidas de impuestos más progresivas. Esta agenda fue bloqueada por los republicanos y los senadores demócratas conservadores, que también aseguraron grandes regalos a la industria de los combustibles fósiles.
No obstante, la IRA representó un cambio significativo en la perspectiva ideológica de la mayor economía del mundo. También planteó nuevos desafíos para China, sobre todo porque algunas políticas estaban diseñadas explícitamente para restringir el uso de componentes chinos por parte de las empresas. En un notable cambio de roles, en mayo de 2024 China presentó una queja contra Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), argumentando que las subvenciones de la IRA “distorsionan la competencia leal”.

Según los parámetros económicos convencionales, la economía de Biden parecía funcionar. Tras la pandemia, el crecimiento económico de EEUU superó al de otros países, la inversión empresarial se disparó y el desempleo se mantuvo bajo. El problema era que los estadounidenses simplemente no lo sentían. Una de las principales razones fue la inflación, que aumentó a medida que las economías se reabrían tras la pandemia. Aunque la inflación había caído a menos del 3% en el momento de las elecciones, el daño ya estaba hecho. Bajo el liderazgo de Biden, los ingresos reales cayeron y la satisfacción con la economía se desplomó. Meses antes de las elecciones presidenciales, más de la mitad de los estadounidenses creían erróneamente que Estados Unidos estaba experimentando una recesión, según una encuesta de The Guardian. Las consecuencias de esta desconexión entre las boyantes estadísticas económicas y las experiencias personales fueron fatales. Como expresó la economista Isabella Weber en el New York Times: “El desempleo debilita a los gobiernos. La inflación los mata”.
En cuanto al programa de Biden de reindustrialización ecológica, no estuvo a la altura de sus promesas. Aunque la IRA catalizó con éxito miles de millones en inversiones en energía limpia, el impacto inmediato en el empleo y el nivel de vida fue modesto. Desde 2020, el número de puestos de trabajo en el sector manufacturero y la construcción en la economía estadounidense ha aumentado en unos 800.000. Aunque esto pueda parecer impresionante, representa menos del 0,5% de la población activa total.
Esto no significa que la IRA deba considerarse un fracaso, ni mucho menos. Las inversiones tardan en generar beneficios y, curiosamente, será Trump quien coseche las recompensas políticas cuando empiecen a materializarse. Pero estas estadísticas también revelan un defecto significativo en el enfoque de Biden de la política industrial. En el siglo XXI, la mayoría de los estadounidenses no trabajan en la industria manufacturera y la construcción, y probablemente nunca lo hagan. No les interesan mucho los semiconductores, ni prestan mucha atención al crecimiento del PIB y a la inversión empresarial. Lo que les importa es si su vida está mejorando o empeorando. El programa inicial “Reconstruir mejor” lo reconocía, pero la diluida IRA no.
Trumpismo 2.0
Aunque la Bidenomía no consiguió que Biden fuera reelegido, desempeñó un papel crucial a la hora de volver a incluir la política industrial en la agenda mundial. Si bien esto debería haberse hecho hace mucho tiempo, es un error pensar que un Estado más intervencionista siempre impulsa la política en una dirección progresista. Lo que realmente importa es quién gana y quién pierde con estas intervenciones. En otras palabras: ¿a quién están realmente destinadas estas intervenciones?
Visto desde esta perspectiva, la visión de Trump sobre el papel del Estado parece bastante diferente. Ya ha prometido acabar con las medidas climáticas de la IRA, refiriéndose a la ley como “la mayor estafa en la historia de cualquier país”. En su lugar, Trump planteó una nueva política industrial: “Perforar, nena, perforar”. También se ha comprometido a llevar a cabo “la mayor operación de deportación de la historia de Estados Unidos”, dirigida a millones de migrantes indocumentados que, según él, están “envenenando la sangre” de Estados Unidos. Si es necesario, utilizará el ejército. El impacto económico a largo plazo de tal medida sería grave, y algunos análisis estiman que podría reducir el PIB anual de Estados Unidos hasta un 7%, o casi 1,7 billones de dólares.
Como medio para flexionar el músculo económico estadounidense a nivel mundial, Trump también ha prometido duplicar los aranceles, comprometiéndose a imponer derechos generales del 10 al 20% a todas las importaciones estadounidenses y del 60% a los productos procedentes de China. En una muestra de creciente paranoia ante la posibilidad de que algunos países actúen para reducir su dependencia del comercio estadounidense, recientemente amenazó con imponer aranceles del 100% a las 10 naciones que forman el bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán y los Emiratos Árabes Unidos) si crean una moneda rival al dólar estadounidense.
El objetivo es “Estados Unidos primero”, mientras que la guerra económica parece ser el juego
Para recaudar los miles de millones de ingresos arancelarios previstos, el presidente también anunció la creación de un nuevo “Servicio de Ingresos Externos”, afirmando que “a través de acuerdos comerciales blandos y patéticamente débiles, la economía estadounidense ha proporcionado crecimiento y prosperidad al mundo, mientras nos imponía impuestos a nosotros mismos. Es hora de que esto cambie”.
Queda por ver si estos aranceles tan elevados representan un compromiso firme o simplemente una táctica de negociación. Sin embargo, está claro que Trump pretende utilizar la influencia económica de Estados Unidos como arma para presionar tanto a aliados como a adversarios. El objetivo es “Estados Unidos primero”, mientras que la guerra económica parece ser el juego.
Esto, de nuevo, no se produciría sin un costo económico, tanto para EEUU como para sus socios comerciales. A pesar de ser la política estrella de Trump, no está claro si sabe cómo funcionan realmente los aranceles. Ha insistido repetidamente en que los pagan “otros países”, cuando en realidad son un impuesto a las empresas estadounidenses que se paga cuando los productos fabricados en el extranjero llegan a la frontera de EEUU.
Quizá lo más alarmante es que Trump ha llevado el intervencionismo estatal a un nivel completamente nuevo al amenazar con apoderarse de territorios pertenecientes a otras naciones soberanas. Uno de los principales objetivos es Groenlandia, donde busca controlar su tesoro de recursos naturales para garantizar la “seguridad económica” de Estados Unidos, con especial atención en los metales de tierras raras. Otro es el Canal de Panamá, cuyo control Estados Unidos cedió a Panamá en 1977 bajo la presidencia de Jimmy Carter. Quizás lo más ambicioso es que Trump ha planteado la idea de anexionar Canadá, describiendo la frontera compartida por ambos países como una “línea trazada artificialmente” y prometiendo utilizar la “fuerza económica” para convertir a Canadá en el estado número 51 de EEUU. La proyección del poder de EEUU en el extranjero para asegurar sus intereses económicos no es nada nuevo. Pero rara vez un presidente ha sido tan directo y explícito al respecto.
La atención prestada a las tierras raras de Groenlandia no es casual: China domina actualmente la producción mundial de tierras raras y restringió la exportación de minerales críticos y tecnologías asociadas antes del segundo mandato de Trump. Estos elementos, que desempeñan un papel fundamental en la fabricación de baterías e innumerables productos de alta tecnología, se están convirtiendo rápidamente en uno de los campos de batalla geopolíticos más importantes.
Con China y EEUU tomando medidas cada vez más agresivas para limitar el comercio de recursos y componentes clave, la deriva hacia una nueva guerra fría tecnológica, así como a una guerra caliente militar, parece que se acelerará bajo el segundo mandato de Trump. Ya está en marcha un desacoplamiento parcial de los ecosistemas tecnológicos de EEUU y China, como lo demuestra la extrema presión que EEUU ejerció sobre el gobierno del Reino Unido en 2020 para prohibir a Huawei participar en el desarrollo de la infraestructura 5G en el país. No es casualidad que, hoy en día, el Reino Unido tenga la señal 5G con peor rendimiento de Europa. La reciente represión de Estados Unidos contra la aplicación china Tik Tok es otro ejemplo de ello, ya que los legisladores estadounidenses han tomado medidas para prohibir la aplicación por motivos de seguridad nacional.
Si estas tendencias continúan acelerándose, es posible imaginar un mundo bifurcado en distintas “zonas” tecnológicas. En este escenario, los países podrían utilizar la tecnología estadounidense o la tecnología china, pero no ambas. Cada país debe elegir un bando.
Una carrera armamentística tecnológica
Cualquier avance hacia la bifurcación tecnológica entre Oriente y Occidente supondría un enorme desafío para Estados Unidos y sus aliados. Ya sea en el ámbito de las energías limpias, los vehículos eléctricos o las comunicaciones, como el 5G, las empresas chinas están dominando rápidamente muchos mercados críticos del siglo XXI, en algunos casos en extraordinaria medida. Por lo tanto, cualquier intento adicional de restringir la tecnología china o excluir los productos chinos de los mercados occidentales tendría graves consecuencias económicas, al tiempo que aumentaría las tensiones militares. También plantearía desafíos existenciales para el modelo económico de China, que durante mucho tiempo ha dependido de las exportaciones a Estados Unidos y otras economías occidentales para impulsar el crecimiento económico.
Las pruebas indican que China también está avanzando rápidamente para dominar muchas de las tecnologías avanzadas del futuro. Un reciente estudio del Instituto Australiano de Política Estratégica descubrió que China está ganando la carrera tecnológica contra Estados Unidos en 37 de los 44 campos de tecnología avanzada evaluados en el informe, que abarcan la defensa, el espacio, la robótica, la energía, la biotecnología y la inteligencia artificial. También se descubrió que existía un alto riesgo de que China estableciera un monopolio efectivo en ocho tecnologías (incluidos los supercondensadores, las comunicaciones 5G y 6G, las baterías eléctricas y la biología sintética), mientras que EEUU no cuenta con oportunidades similares de monopolio. En el caso de algunas tecnologías, las 10 principales instituciones de investigación del mundo tienen su sede en China, y en conjunto generan nueve veces más artículos de investigación de gran impacto que EEUU.
Quizá no sea sorprendente que los rápidos avances de China también se extiendan a la tecnología de armas letales. Mientras que los recientes avances chinos en misiles hipersónicos con capacidad nuclear supuestamente tomaron a las agencias de inteligencia estadounidenses “por sorpresa”, China ha generado más del 50% de los trabajos de investigación de alto impacto sobre motores de aviones avanzados e hipersónicos en los últimos cinco años, y actualmente alberga siete de las 10 principales instituciones de investigación del mundo.
Si bien los rápidos avances de China han confundido a sus críticos, su economía está lejos de ser invencible. A pesar de los mejores esfuerzos del último plan quinquenal del PCCh, el crecimiento económico chino se está desacelerando considerablemente, y se espera que este año no alcance su objetivo de crecimiento.
Una de las razones ha sido la fragilidad del sector inmobiliario chino, que después de décadas de especulación alimentada por la deuda, finalmente ha comenzado a desmoronarse. En 2021, el mayor promotor inmobiliario de China, Evergrande incumplió el pago de su deuda, seguido de cerca por otros importantes promotores. Estos impagos obligaron a Beijing a anunciar un paquete de medidas de apoyo de emergencia para estabilizar el sector, que representa aproximadamente una quinta parte de la actividad económica del país. En muchos sentidos, los problemas del sector (aumento de la deuda y desaceleración del crecimiento) se han convertido en un símbolo de los retos a los que se enfrenta la economía china en general.
Mantener el crecimiento frente a una guerra comercial en aumento requeriría una reorientación radical del modelo económico de China, disminuyendo la dependencia de las exportaciones y la especulación inmobiliaria para impulsar sustancialmente la demanda interna.
La inminente crisis demográfica de China plantea otra gran amenaza para su futuro económico. La “política del hijo único” del PCCh, que se aplicó entre 1980 y 2015, significó que su población haya envejecido más rápido que la de cualquier otro país en la historia moderna. Durante la próxima década, unos 300 millones de personas, que actualmente tienen entre 50 y 60 años, dejarán de formar parte de la población activa china. En 2020, había cinco trabajadores por cada jubilado, mientras que para 2050 se espera que esta relación caiga a 1,6 trabajadores por jubilado. El efecto combinado de un mercado laboral en rápida contracción y la consiguiente reducción de la base impositiva plantea enormes desafíos para el crecimiento futuro y la política fiscal, así como para la provisión de pensiones y cuidados en la vejez.
Por lo tanto, el reto para Beijing es enorme: ¿puede China seguir impulsando el crecimiento y el avance tecnológico en la era del trumpismo 2.0, mientras enfrenta el riesgo de un contagio financiero y una crisis demográfica inminente? China ha confundido a sus críticos antes, pero nunca antes su perspectiva había parecido tan incierta.
La difícil situación de Europa
Atrapada en el fuego cruzado entre China y EEUU, Europa se encuentra en una coyuntura crítica. Al carecer del dinamismo tecnológico para competir con las dos superpotencias económicas del mundo, y con muchas industrias clave en declive, los líderes europeos han luchado por responder de manera efectiva. Hasta la fecha, su estrategia ha consistido en una tibia incursión en la política industrial a través del Plan Industrial Verde, junto con un equivalente europeo a la Ley Chips de Biden.
En una admisión a regañadientes de que el dogma del libre mercado que sustenta el mercado único podría ser una barrera para la reactivación industrial, la Comisión Europea también ha felxibilizado las normas sobre ayudas estatales, lo que permite a los Estados conceder subvenciones más generosas a las industrias ecológicas. Aunque estas reformas necesarias del mercado único llevan mucho tiempo pendientes, el continuo fracaso en la reforma de la arquitectura fiscal de la zona del euro hace difícil que la Unión Europea (UE) represente una amenaza seria para el dominio tecnológico de Estados Unidos y China en un futuro próximo.
Para los líderes de la UE, la cuestión más urgente es la perspectiva de nuevos aranceles y amenazas al territorio soberano europeo. Aunque Europa no puede competir con EEUU tecnológica o militarmente, como el mayor bloque comercial del mundo puede competir en el comercio. Los informes sugieren que la Comisión Europea está explorando un “enfoque de la zanahoria y el palo”: aplicar sus propios aranceles de represalia y, al mismo tiempo, comprometerse a comprar más productos estadounidenses. Es poco probable que una guerra comercial entre EEUU y Europa termine bien para ninguna de las partes, pero sería especialmente dolorosa para Europa.
La escalada de la coordinación transatlántica entre la derecha autoritaria y los multimillonarios ególatras representa una de las mayores amenazas para el futuro de Europa
Incluso si se evitan los aranceles transatlánticos, queda la cuestión de qué hacer con China. Si Trump sigue adelante con la imposición de aranceles del 60% a los productos chinos, ¿debería la UE hacer lo mismo? Si no lo hace, Europa podría enfrentarse a una avalancha de productos chinos baratos que se verterían en su puerta, perjudicando aún más a los productores nacionales. Luego está la cuestión de cómo debe responder Europa a la aceleración del desacoplamiento tecnológico entre Oriente y Occidente. Aunque la UE ha tomado varias medidas para intentar impulsar la investigación y la innovación en los últimos años, sigue estando muy por detrás de Estados Unidos y China. En teoría, hay razones de peso para que Europa trace su propio camino, sin doblegarse ante el autoritarismo estadounidense o chino. Sin embargo, esta ambición puede verse frustrada por desafíos más cercanos.
En los últimos años, los partidos de extrema derecha han experimentado un aumento espectacular de apoyo en todo el continente. El año pasado, Francia estuvo a centímetros de elegir a la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen, mientras que en 2023 los Países Bajos eligieron a un islamófobo fascista. Los partidos de extrema derecha siguen haciendo avances considerables en Alemania, España, Italia y otros lugares. Muchos de estos partidos están en contacto directo con las redes más amplias de Trump, y también han recibido elogiosos apoyos del multimillonario y fanático Elon Musk. Además de ser el mayor donante de Trump, el propietario de la plataforma de redes sociales X se ha colocado rápidamente como uno de los valedores más influyentes de Trump. La perspectiva de una escalada de la coordinación transatlántica entre la derecha autoritaria y los multimillonarios ególatras representa una de las mayores amenazas para el futuro de Europa.
La alineación de Gran Bretaña
Los desafíos a los que se enfrenta la UE son quizás aún más agudos en el Reino Unido. Se suponía que el Brexit liberaría al Reino Unido, permitiéndole convertirse nuevamente en una gran y audaz nación comercial. Pero esta fantasía siempre estuvo atada a la incapacidad de aceptar la rápida disminución del poder del Reino Unido en el mundo. Mientras que la UE carece de liderazgo tecnológico, pero tiene un poder comercial considerable, el Reino Unido no tiene ninguna de las dos cosas. En un momento de crecientes tensiones geopolíticas sobre tecnología y comercio, el Reino Unido es un blanco fácil.
En caso de que Trump intensifique una guerra comercial global, es probable que el gobierno de Keir Starmer tenga que elegir un bloque importante con el que alinearse, o sufrir un considerable dolor económico. Esta fue siempre la profunda ironía del Brexit: aunque se suponía que se trataba de “recuperar el control”, el Reino Unido siempre iba a verse obligado a alinearse con las decisiones de uno de los principales bloques de poder del mundo, aunque sin tener control alguno sobre las reglas.
Esta realidad la explicó hace poco sin rodeos Stephen Moore, uno de los asesores económicos más cercanos a Trump. “El Reino Unido tiene que elegir entre el modelo económico europeo, más socialista, y el modelo estadounidense, que se basa más en un sistema de libre empresa”, dijo Moore a la BBC el año pasado. Avanzar hacia el modelo estadounidense de “libertad económica” aumentaría significativamente la probabilidad de conseguir un acuerdo comercial con Estados Unidos, añadió. Sin embargo, esto probablemente implicaría también ceder a las exigencias estadounidenses de abrir mercados británicos clave, como el agrícola y el farmacéutico, a los competidores estadounidenses. Dado el abismo en el poder de negociación y la notoria agresividad de Trump a la hora de hacer tratos, es casi seguro que esto no terminaría bien para el Reino Unido.
Por lo tanto, el gobierno de Starmer se enfrenta a un dilema poco envidiable en el que todos pierden. Alinearse con EEUU para evitar aranceles y asegurar un acuerdo comercial, y sufrir las consecuencias profundamente impopulares de las condiciones comerciales de Trump, desde el pollo clorado hasta precios significativamente más altos de los medicamentos en el Sistema Nacional de Salud. O alinearse más estrechamente con la UE, y arriesgarse a sumir al país otra vez en una guerra civil por el Brexit. Dada la dinámica política actual en Gran Bretaña, esto podría ser desastroso para los laboristas.
Aunque sobre el papel, la reciente victoria aplastante del Partido Laborista parecía decisiva, las apariencias engañan. En realidad, la mayoría laborista se construyó sobre unos frágiles cimientos, y el Reino Unido está lejos de ser inmune a la amenaza del populismo de derechas. Desde las elecciones, el apoyo al partido se ha desplomado, mientras que el apoyo al partido reformista pro-Brexit de Nigel Farage ha aumentado. Con los dos partidos codo a codo en las encuestas, cualquier intento de alinearse más estrechamente con la UE sería aprovechado por el Partido de la Reforma, probablemente con un efecto devastador. Incluso sin esto, el Partido de la Reforma podría estar en camino de trastornar la política británica en las próximas elecciones, subvirtiendo el sistema bipartidista tradicional, de nuevo con la ayuda de un Elon Musk cada vez más desquiciado.

Fracturas globales
El dominio global de China, combinado con la fractura política de EEUU, ha llevado a algunos a especular que podríamos estar presenciando el “fin del siglo americano”. En 2020, argumenté que tales premoniciones eran prematuras. Los dos pilares del poder global de Estados Unidos, el militar y el financiero, seguían en su lugar.
Sin embargo, estaba claro que la elección de Donald Trump estaba erosionando el poder blando de Estados Unidos y su capacidad para actuar como modelo de democracia liberal. El posterior intento de Trump de anular el resultado de las elecciones de 2020 no hizo más que agravar la situación. Lejos de ser visto como un modelo exitoso a emular, Estados Unidos comenzó a parecerse a una advertencia a evitar.
Joe Biden hizo un esfuerzo consciente por reparar el prestigio de Estados Unidos en la escena mundial. “Estados Unidos ha vuelto”, prometió Biden en su primer discurso a los líderes mundiales desde el Departamento de Estado. “Somos un país que hace grandes cosas. La diplomacia estadounidense lo hace posible. Y nuestra administración está dispuesta a asumir el mando y liderar una vez más”.
Sin embargo, las encuestas realizadas en 2021 revelaron que, aunque la mayoría de los europeos estaban contentos de que Biden fuera elegido, creían que el sistema político estadounidense estaba “roto”. Quizás lo más alarmante para los estrategas estadounidenses es que la mayoría también creía que China sería más poderosa que Estados Unidos en una década y que querría que su país se mantuviera neutral en un conflicto entre las dos superpotencias. En los años posteriores, la posición internacional de Biden se ha visto empañada aún más por su decidido apoyo al brutal asalto de Israel a Gaza, que ha generado una intensa animosidad hacia Estados Unidos en muchas partes del mundo.
A pesar de los esfuerzos de Biden, es probable que un segundo mandato de Trump fracture aún más las relaciones en Occidente, a medida que las tensiones relacionadas con los aranceles, Ucrania y la OTAN comiencen a hacer mella. Queda por ver cómo se desarrollará esto, pero cualquier empeoramiento prolongado de las relaciones entre los países occidentales probablemente beneficiaría a China y aceleraría la transferencia de poder global de Occidente a Oriente.
Mientras tanto, el tan cacareado “orden internacional basado en normas” parece más frágil que nunca. Durante el primer mandato de Trump, Estados Unidos retiró la financiación a varias agencias de la ONU, se retiró del Acuerdo de París sobre el cambio climático e incluso se retiró de la Organización Mundial de la Salud (OMS) durante la pandemia de la COVID-19. Ahora está haciendo lo mismo.
Mientras tanto, instituciones como el FMI y el Banco Mundial, que durante mucho tiempo han sido una herramienta fundamental para proyectar el poder de Estados Unidos, fueron objeto de severas críticas por parte de Trump y sus aliados. Al mismo tiempo, ha seguido aumentando el número de países que recurren a alternativas respaldadas por China para financiar proyectos de desarrollo y se unen a la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda de China.
En los últimos meses, la guerra en curso en Oriente Medio ha puesto de manifiesto la debilidad del derecho internacional, con varios países signatarios desafiando abiertamente la orden de arresto de la Corte Penal Internacional (CPI) contra el primer ministro y el exministro de Defensa de Israel. Estados Unidos nunca ha firmado la CPI, pero Trump sancionó previamente a dos fiscales de la CPI después de que comenzaran a investigar si las fuerzas estadounidenses cometieron crímenes de guerra en Afganistán, y su secretario de Estado, Mike Pompeo, lo declaró un “tribunal irregular”. A principios de este año, la Cámara de Representantes de Estados Unidos votó una vez más para sancionar a la CPI en represalia por sus órdenes de arresto contra líderes israelíes.
Queda por ver cuál será la postura de Trump hacia estas instituciones internacionales en su segundo mandato. Pero, dado que es poco probable que su postura de “Estados Unidos primero” se suavice en un futuro próximo, la llamada crisis del multilateralismo parece destinada a agravarse.
Una llamada de atención global
En general, está claro que la reelección de Trump representa un punto de inflexión crítico para Occidente. Mientras que su primera victoria fue una apuesta de alto riesgo hacia lo desconocido, esta vez los estadounidenses sabían perfectamente por qué estaban votando. Lejos de suavizar las tendencias autocráticas por las que fue ampliamente criticado, las ha redoblado.
Hacia el final del último mandato de Trump, sostuve que Occidente estaba siendo perseguido por el espectro del capitalismo autoritario. El análisis identificó tres profundos cambios económicos y políticos que estaban remodelando las economías occidentales: un giro inducido por China que se alejaba de la ortodoxia del libre mercado, una represión de las libertades democráticas y un aumento de la vigilancia estatal. En conjunto, estos cambios representaban una economía política distinta que, si no se contenía, podría marcar el comienzo de una nueva era de gobernanza más autoritaria.
Gracias a la alianza transatlántica emergente entre Trump, la extrema derecha europea y los magnates multimillonarios de las redes sociales, esta es una realidad a la que nos enfrentamos ahora. Es imposible predecir exactamente lo que hará Trump en el poder y si sus aliados de extrema derecha en Europa seguirán sus pasos. Pero no debemos hacernos ilusiones sobre la amenaza que representa esta alianza. No se trata del mismo trumpismo que ganó las elecciones en 2016: es un proyecto completamente diferente y más peligroso. ¿Cómo deben los progresistas intentar contrarrestar el ascenso de un nuevo autoritarismo?
Una cosa está clara: avivar el sentimiento anticomunista no curará los males del capitalismo occidental. Las raíces de estos problemas, y por lo tanto sus soluciones, se encuentran mucho más cerca de casa. Tampoco servirá simplemente intentar prohibir o censurar las voces de la derecha autoritaria. Cuando las voces en cuestión incluyen al presidente de Estados Unidos y al segundo partido más popular en el corazón de Europa, silenciarlas no es una opción (aunque eso no ha impedido que cientos de políticos alemanes lo intenten). En cambio, las raíces de estos problemas deben tratarse en su origen. En realidad, no son China ni los inmigrantes los que están perjudicando a la gente trabajadora, sino un sistema económico extractivo y desigual.
El capitalismo en el “mundo desarrollado” se ha convertido principalmente en un motor para redistribuir la riqueza hacia arriba
Hoy en día, el 1% más rico del mundo posee más riqueza que el 95% de la humanidad. El año pasado, la riqueza total de los multimillonarios aumentó en 2 billones de dólares, creciendo tres veces más rápido que el año anterior. Desde 2019, la riqueza de los cinco hombres más ricos del mundo se ha más que duplicado, pasando de 506.000 millones de dólares a más de 1,1 billones de dólares. Esto incluye al principal animador de Trump, Elon Musk, que históricamente ha pagado una tasa impositiva real de poco más del 3%. Mientras tanto, el trabajador medio de las economías avanzadas ha visto cómo su salario real cae o se estanca.
Las fortunas contrastantes de los mega-ricos y de todos los demás no están desconectadas. A pesar de lo que afirman nuestros líderes, el capitalismo en el “mundo desarrollado” se ha convertido principalmente en un motor para redistribuir la riqueza hacia arriba, tanto de sus propios ciudadanos como del resto del mundo.
El aumento vertiginoso de la desigualdad también está inextricablemente vinculado a la crisis climática y medioambiental. Además de acaparar gran parte de la riqueza mundial, el 1% más rico emite tanta contaminación de carbono como los dos tercios más pobres de la humanidad. Por ello, la lucha contra la crisis climática y la reducción de la desigualdad deben ir de la mano.
Pero al desviar las legítimas quejas económicas hacia los enemigos externos y los migrantes, es la derecha autoritaria, y no la izquierda progresista, la que ha sacado más provecho de este sistema roto. Si queremos abordar los principales desafíos económicos y medioambientales a los que nos enfrentamos, es necesario que esto cambie urgentemente.
Las fuerzas progresistas ya han transformado la economía política occidental en el pasado, y la tarea que tenemos ante nosotros es hacerlo de nuevo. El objetivo debe ser abordar las desigualdades, elevar el nivel de vida y hacer frente a la crisis ambiental, al tiempo que se apoya a los migrantes y otros grupos minoritarios contra la persecución y la opresión.
Esto implicará inevitablemente un papel más proactivo del Estado. La pregunta clave es: ¿en interés de quién actuará? La lección de la Bidenomía es que centrarse principalmente en sectores industriales como las energías renovables y la industria manufacturera no funcionará a menos que vaya acompañado de políticas para frenar el poder corporativo y distribuir la riqueza. Esto significa desafiar el poder de los intereses creados, no acobardarse ante ellos.
Este proyecto también debe tener como objetivo fortalecer la democracia y proteger las libertades civiles en un momento en que ambas están cada vez más amenazadas.
En los últimos años, los gobiernos de Estados Unidos, Europa y el Reino Unido han reprimido el derecho a la protesta con una legislación draconiana. Dado el aterrador historial de Trump, que incluye el llamado a las fuerzas armadas para que aplasten las protestas pacíficas de los “lunáticos de la izquierda radical”, debemos esperar que se intensifique el ataque al derecho a la protesta, junto con una restricción más amplia de las libertades civiles. Las protestas pacíficas serán absolutamente fundamentales para resistir a la derecha autoritaria en todo el mundo, y es precisamente por eso que es probable que sean reprimidas.
A nivel mundial, se pueden aprender lecciones del propio libro de jugadas de Trump. En el poder, Trump no ha rehuido romper las normas internacionales o sacudir las instituciones globales. Los progresistas deben estar dispuestos a hacer lo mismo, aunque con fines muy diferentes. Aunque esto puede resultar incómodo para algunos, es un requisito previo necesario para lograr el tipo de transformación global que se necesita. El “orden internacional basado en normas” no tiene sentido cuando algunos de los actores más poderosos no respetan esas normas. La cooperación global es más necesaria que nunca, pero el orden multilateral existente está fundamentalmente roto. Debe someterse a reformas radicales para promover un mundo más próspero, pacífico y sostenible.
Sin embargo, quizás lo más importante es que es necesario centrarse en quién es el verdadero enemigo y en los objetivos que hay que alcanzar para derrotarlo. Durante décadas, la izquierda ha visto a su enemigo en el neoliberalismo y su principal tarea en construir una alternativa a él. Pero si el neoliberalismo aún no ha muerto, está lentamente agonizando.
En lugar de luchar la última guerra, los progresistas deben empezar a lidiar con la economía política de un nuevo autoritarismo. En la práctica, esto requiere desarrollar un conjunto completamente nuevo de estrategias, tácticas y políticas. No solo estamos perdiendo, estamos perdiendo por paliza. Más de lo mismo simplemente no será suficiente.
Por lo tanto, el desafío es mucho mayor que cuando Trump asumió el cargo por primera vez. El espectro del capitalismo autoritario no solo está acechando a Occidente, sino que ya está aquí y, de hecho, es bastante popular. Ahora hay que resistirlo desde la base.
La pregunta clave es: ¿podemos construir el poder necesario para desafiarlo? En este momento, no parece fácil. Solo podemos esperar que Trump 2.0 salte la alerta que el mundo necesita tan desesperadamente.
*Traducción de Diana Cariboni