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30 niños de las minas de oro vuelven a la escuela en Venezuela

En la zona minera de El Callao, al sur de Venezuela, maestras y voluntarias suman fuerzas para que los niños que trabajan en las minas puedan regresar a las aulas. Solo una pequeña parte lo consigue.

30 niños de las minas de oro vuelven a la escuela en Venezuela
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Rossangela Camejo es docente voluntaria, tiene 31 años, y es residente de El Perú, un poblado minero de la ciudad de El Callao, en el sur de Venezuela, y afirma que, preocupada por la deserción escolar en su comunidad, decidió convertirse en maestra.

“La situación es preocupante, porque una vez el niño empieza a trabajar la mina, y empieza a producir oro, los estudios pasan a un plano muy lejano, eso está sucediendo aquí, y cada vez es peor”, dijo a democraciaAbierta Camejo, una de las maestras voluntarias del plan de motivación escolar para 30 niños, que se realiza en una de las siete escuelas de la comunidad.

El Perú es como una gran mina. Tiene dos avenidas principales maltrechas, calles paralelas de tierra, unos pocos cerros, la mayoría talados por la minería; en el patio de las casas hay agujeros para buscar oro, casi en cada esquina un molino que tritura las piedras para separarlas del codiciado metal.

Hay muchas viviendas. Carecen de un censo formal, porque constantemente la gente llega y se va, algunas casas están construidas con concreto, pero la mayoría son elaboradas con láminas metálicas, plástico, madera o bahareque.

Los servicios básicos son deficientes, la electricidad suele ser intermitente, ante la ausencia de recolección de desechos sólidos, los pobladores queman la basura.

Desde hace unos 12 años, según recuerdan la mayoría de los pobladores, el envío de agua potable por tubería quedó suspendido, y dependen de camiones cisterna para comprar el agua que consumen, cuando no pueden recogerla de la lluvia.

En este contexto, al que se suman regulares enfrentamientos entre grupos armados que luchan por el control de la zona, viven muchos niños. Es común que una familia tenga entre cuatro y seis hijos.

Escuelas vacías

Pese a ello, “las escuelas estaban solas”, explica Meleida Torres, quien coordina el programa de motivación escolar que recibe el apoyo del Consejo Noruego para Refugiados.

“Las instituciones no solo estaban abandonadas en infraestructura, sino también del personal, como fue a nivel nacional, las personas abandonaron su trabajo para dedicarse a otras cosas o irse del país (…) no había docentes que pudieran atender a los niños, veías que instituciones que tenían una matrícula de hasta 600 niños, estaban recibiendo 100 o 150 niños”, agregó.

Sin embargo, no hay cifras oficiales que permitan cuantificar la deserción escolar de los niños en las zonas mineras de El Callao.

Ante esta situación, directivos de las siete escuelas públicas de la comunidad decidieron unirse, convocar voluntarias y capacitarlas para dar clases a niños de primaria y bachillerato.

“Los directores tuvieron la idea de sumar a personas no graduadas en educación y formarlas y encontraron incluso graduadas que estaban trabajando en la minería y lograron que se sumaran a la escuela, y eso hizo que la confianza volviera y los padres se motivaran y pues quisieran regresar a la escuela, y este año pasamos de una matrícula de 100 niños a más de 300”, señaló.

Con apoyo de la comunidad y organizaciones internacionales como Cruz Roja y el Consejo Noruego para Refugiados, los maestros lograron que una de las instituciones de la comunidad abriera sus puertas en vacaciones para recibir a 30 estudiantes.

“Renunciamos al tiempo libre que nos iba a quedar de vacaciones, y esto habla de la vocación y de que queremos que haya una mejora en la vida de ese niño que ves frente a tu casa y de los vecinos de tu comunidad”, expuso.

Estadía alargada

La mayoría de mineros y mineras con quienes conversó democraciaAbierta en El Perú, eran de otros estados de Venezuela, y llegaron a El Callao con la ilusión de que su paso por esta ciudad sería temporal, y acabaron quedándose, motivados por la actividad económica que se genera entorno al oro.

Muchos de ellos viajan con sus hijos, sin que estos tengan documentos básicos para la escolarización, como: partida de nacimiento, documentos de identidad, cédula escolar, y ante la imposibilidad de inscribirlos en la escuela, optan por llevarlos a la mina, bien sea para no dejarlos solos en casa o para que también trabajen.

“Hay muchos niños sin escolarizar, la edad crítica es entre 8 años y 11, aunque también hay muchos adolescentes. Sucede que el representante no inscribe al niño a tiempo y deja pasar, y pasar, y nos encontramos con muchos niños que nunca han tocado la escuela y que tienen 9 o 10 años, pero dicen: no tengo la partida de nacimiento, entonces no me acerco a la escuela, no tengo cédula, no me acerco a la escuela y así”, explicó una representante del Consejo Noruego para Refugiados que prefirió no ser identificada.

Voluntariado

Sin recibir pago a cambio, cuatro voluntarias de la comunidad y tres docentes del plantel acuden dos semanas al mes para dar clases a los niños del programa de reinserción por la mañana y recibir formación por las tardes.

“La educación es importante. Aunque va a ser algo difícil, tengo la esperanza de que estos niños entren a la escuela, porque son niños que tienen derecho a recibir educación (…) Aquí bromean diciendo que soy la voluntaria, de las voluntarias, porque, aunque soy maestra de esta escuela, no estaba en el programa de voluntariado, pero decidí venir a apoyar, porque los niños de mi comunidad me importan”, dice Francis Suárez de 29 años, licenciada en educación y maestra de la escuela José Solano.

Como parte del programa Puente del Consejo Noruego para Refugiados (NRC, por sus siglas en inglés), los niños reciben actividades extracurriculares.

Las maestras hablan con sus alumnos sobre la importancia de los valores sociales, el reconocimiento de las emociones e intentan que sientan la escuela como un lugar seguro, y que el sentarse en un pupitre se convierta en un hábito.

La representante del CNR explicó que los 30 niños fueron seleccionados teniendo en cuenta su grado de su vulnerabilidad, tras una encuesta casa por casa, y muchos de ellos “no habían ido nunca a la escuela”.

“También trabajamos con los recursos de la escuela, no podemos decir, vamos a buscar 100 niños si la escuela no tiene la capacidad para recibir a esos 100 niños, necesitamos mesas, sillas, más aulas”, expuso.

Las maestras esperan que este plan de reinserción se extienda también a los adolescentes, “porque se les da una oportunidad a niños que ni sabían que los colegios existían, porque desde que llegaron uno se da cuenta de lo sorprendidos que estaban y es algo muy bonito”.

Entre voluntarios, directivos y docentes se han propuesto incentivar a niños, adolescentes y representantes para que regresen a la escuela.

“Hemos intentado por debajo recuperarlos en las aulas, conversar con ellos convencerlos, incluso convencer a los padres (…) porque ves a niños de 8, 9, 10 años que se preocupan por mantener un hogar (…) el más chiquitico del salón trabaja en un molino hasta la madrugada y en la mañana viene y es uno de mis mejores estudiantes, y yo deseo verlo graduarse, enseñarle que existen más opciones fuera de la mina”, agregó Meleida Torres.

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